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sábado, 27 de abril de 2019

Jose Luis Salvador. Deportista y escritor


Jornadas Jose Luis Salvador en INEFC A Coruña 2019
El profesor de educación física como escritor
Todos los años por estas fechas, Jose Luis Salvador convocaba a sus amigos para oficiar dos celebraciones: La proclamación de la Segunda República y el día del libro. La primera se sustanciaba en el rito de repintar la bandera republicana en el castaño que tenía frente a la ventana de su despacho y la segunda, por el día del libro, nos regalaba el último que había escrito. Aquellas reuniones bien pudieron llamarse algo así como: República, amigos, deporte y literatura. Los oficiantes de estos ritos éramos un grupo variopinto de gente de aquí y de todas partes y todos y cada uno nos sentíamos protagonistas, aunque cada uno iba por una o varias de esas razones.
De por qué celebrábamos la República hay muchas razones en el ámbito de la ideología y el sentido común. Celebrar la amistad es un rito de bien nacidos y el deporte era lo que nos unía a la mayoría. Pero ¿y la literatura? ¿Por qué celebrar la literatura?
En 1974 funcionaba en el INEF de Madrid una Asociación Cultural (sería difícil explicar el compromiso que significaba una asociación cultural en la dictadura). Para la mayoría de nosotros, la cultura y el deporte se manifestaban en planos diferentes. Así, los oficiantes de la cultura, por lo general, eran los grupos musicales, los escritores o poetas, los directores de cine… Pero Jose Luis Salvador lo entendía de otra manera y veía deportistas en los escritores y los poetas… y poetas y escritores en los deportistas. Por ejemplo, pertenecía al mundo del deporte la oda a Platko que Rafael Alberti escribió y, por tanto, Alberti al gremio de los deportistas:

Oda a Platko - Rafael Alberti
Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos. 


Jose Luis le hubiera propuesto un poema a René Huiguita el iluminado, el portero loco… “Lo pillaron en un trastrueque de rehenes, de esa guerra civil que vive Colombia, y pasó un tiempo en las cárceles. Pero sigue en juego y, como va con los pobres, lo mismo les regala un gol a los ricos…” (Evocaciones cotidianas sobre el deporte)

Por cierto, hay que ver que atracción ejercían los porteros y el fútbol sobre los poetas republicanos y comunistas: Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Luis García Montero, les dedicaron poemas.

José Luis, en 1974, ya escribía. Firmaba sus escritos juveniles con el pseudónimo de Alejo Lezama. Muy hábil el homenaje a los escritores que habían florecido con la revolución en Cuba: José Lezama Lima y Alejo Carpentier. Porque, además, pensaba que el deporte y la literatura debían ser actividades comprometidas con la sociedad.
Para Jose Luis hablar del deporte desde la cultura era más eficaz que hablar desde el mismo deporte.
Por eso, desde la Asociación Cultural del INEF propuso convocar un certamen literario de cuentos con tema deportivo.
No sé si entendí bien a qué se refería, pero a mí no me costó entender la idea de escribir sobre deporte. Hacía pocos días que un suceso ocurrido en una piscina olímpica me había sugerido un cuento. Resumiendo el suceso: un nadador de 1500, una vez terminados los treinta largos siguió nadando maquinalmente, enajenado, hasta que su entrenador se tiró a la piscina para detenerlo. Tirando del hilo de los excesos en el deporte, escribí otro cuento, una parodia, sobre la obsesión por la fuerza. Mis recientes conocimientos profesionales y la crítica al deporte sin más objetivo que engordar el músculo, me habían hecho pensar que para comprender los comportamientos deportivos lo mejor era escribirlos.
Se los di a leer a José Luis y, con entrenada benevolencia, le parecieron bien y, cuando fue el momento, me hizo una crítica genérica: Demasiado directo, sobra conocimiento y les falta literatura. Tal vez fue esa mi primera lección sobre literatura. Yo no lo entendí pero supe que les faltaba algo que tendría que aprender si quería que otros leyeran lo que escribía. Estábamos convencidos de que escribir podía hacer mucho por el deporte.
Ya en épocas recientes mantuvimos otras conversaciones sobre lo que suponía escribir y lo necesario que era hacerlo. Hice un escrito, con estructura de novela negra, que se llamaba: Correr, correr, lo leyó él y pudimos hablar de forma más concreta sobre la función de la literatura y la importancia de dejar testimonio de una forma tan peculiar de entender la vida como es la de los profesores de educación física. El escrito era muy malo y duerme en un cajón.
Tomarse la literatura deportivamente. Tomarse el deporte literariamente
El deporte que amamos (y que es útil para la vida) es aquel en el que, al practicarlo, nos reconocemos, en lo mejor y en lo peor de nuestra conducta. Aquel sobre el que volvemos porque queremos revivir un estado de ánimo o una sensación que ya conocimos o ponernos en la tesitura de la decepción para aprender a gestionarla y obligarnos a nuevos esfuerzos para mejorar. Lo mismo se puede decir del que escribe y muestra a los demás lo que hace, para hablar de ello y aprender.
El entrenamiento, el uso ajustado de las cualidades adquiridas, los riesgos calculados pero también la osadía, son herramientas del buen deportista y del narrador. Lo aprendido aquí se puede aplicar allá y viceversa. Teniendo en cuenta que, agotado el juego (el tiempo o el relato) siempre pudo ser de otra manera el resultado.
La literatura, el deporte y el juego de los niños tienen en común que te cambia las reglas (o la organización táctica) en el transcurso del juego sin avisar y te propone nuevos desafíos que te obligan a superarte.
Los deportistas que escriben y los escritores que encuentran inspiración en el deporte buscan en la otra actividad lo mismo: vivir más intensamente su profesión, encontrar las metáforas que expliquen mejor lo que quieren decir.
En 1992 Jose Luis pasa las tardes tumbado en el sofá viendo todas las retrasmisiones de los juegos olímpicos de Barcelona. En un momento dado se levanta y, apresuradamente escribe:  
   Todo esto lo fui viendo, todo lo fui mirando con la boca muy abierta, delirando y medio demente, cada vez sentía con más estupor que todo lo que veía en las retransmisiones en directo desde Barcelona me iba volviendo loco..., y así tuve la intensísima conciencia de lo muy cerca que está el deporte de la literatura... Ese arte (y esa obsesión) de estar preparado para el momento justo, para obtener de la concentración anterior el máximo provecho, para que todo tenga sentido. Todas las formas de la literatura se me aparecieron como paralelas de las disciplinas deportivas... un poema, una narración, un ensayo, una novela... hasta las obras maestras, fruto de toda la vida... las de Homero, las de Joyce, Camoens o Cervantes...” (Sobre el ocio. Escrito no publicado)
Conozco unos cuantos profesores de educación física, entrenadores y deportistas que viven literariamente. No me refiero a los escritos académicos. Tampoco, exactamente a las memorias de superación o los recuerdos de los grandes deportistas. Si no a aquellos que, cuando escriben cualquier cosa, lo impregnan con el sentido deportivo con que viven su profesión. Así conozco a profesores de educación física que han hecho un libro de cocina, un libro de poesía, un libro de haikus y dibujos, un relato biográfico sobre la odisea republicana de sus abuelos. Y en todos subyace el deportista que llevan dentro. También conozco escritores que viven su literatura deportivamente: Vázquez Montalbán, Haruki Murakami, Philipp Roth, Joyce Carol Oates, Paul Auster, Coetzee…
Me costó años comprender que merecía la pena aprender los rudimentos del escritor para que, cuando se me agotara la fuerza y la habilidad para compartir con mis alumnos o mis amigos la práctica deportiva, poder seguir viviendo en manos del vértigo, esta vez en las palabras. Os puedo asegurar que, lo que siento cuando escribo lo que siento y alguien lo lee con gusto, es el mismo vértigo que el que sentía cuando conseguía ordenar y exponer un esfuerzo físico, táctico o coreográfico.
Explorarse a sí mismo. Algo de eso me ha pasado con el libro del que os voy a hablar. Es un libro sobre un viaje y la literatura sobre viajes es especial. Para Jose Luis, la literatura es un viaje en moto. En realidad la literatura no es nada más que la narración de un viaje, dice él. El regreso de Ulises a Ítaca, la aventura que emprende Telémaco en busca de su padre. Los referentes viajeros y literarios que compartimos son Jack Kerouac con su libro, “En la carretera” que nos hizo soñar con la libertad en los años sesenta. Pero también el relato el viaje de Ernesto Che Guevara (Norton 500, La Poderosa II) a través del continente americano, en un viaje que forjó su espíritu revolucionario.
“La cosa (el viaje) consistía en explorarse a sí mismo, mientras las millas se sucedían vertiginosamente y el único carburante era el tiempo quemado.”
Mi libro, es un viaje caminando. Un viaje que, como todos los que yo hago empieza eligiendo el cuaderno donde tomaré notas. Los libros de notas los hago yo mismo. Un viaje que uniera los lugares en los que he vivido; que comenzara cerrando la puerta donde vivo y acabaría abriendo la puerta de la casa en la que también estoy viviendo.
Un proyecto que, aunque no lo escribiera nunca, fuera pura literatura. Y también deporte, porque el viaje debía funcionar como un juicio de Dios, como una ordalía, una prueba de que mi deseo, cultivado desde la juventud, de someterme al ritmo de la luz y de mi energía, que son las mismas razones por las que he hecho deporte siempre y he sido profesor de educación física.
Y si se trata de comparar la satisfacción de viajar y escribir con alguna de las satisfacciones recibidas durante el ejercicio de mi profesión, hacer este libro me ha procurado la misma satisfacción que la creación de un equipo de vóley-bol con el que disfrutamos durante un par de años un grupo de amigos. O tal vez la creación de un grupo de teatro en el que fuimos depositando todo lo aprendido a lo largo de los años, también acrobacias, danzas y el espíritu juguetón propio de un profesor de educación física. Tal vez los pequeños poemas que he escrito en el libro sean actos fugaces como los triples saltos o los saltos de longitud.
A estas alturas supongo que ya está claro: viajar como un deportista no es batir records ni de distancia ni tiempo. En el camino te encuentras mucha gente, ocupada en esos menesteres de los números y el récord, y no son precisamente deportistas. Se les oye decir:
Este es mi sexto camino, me faltan tres.
Voy haciendo etapas de cincuenta kilómetros y un día hice sesenta
En hacer cuarenta kilómetros tardo…
Acabo de operarme de la rodilla y voy a demostrar…
¿Almansa? Debe ser ese pueblo grande… iba con los cascos y no me paré porque tenía que cumplir el programa.
Me gusta más la idea de viajar como propone Jose Luis penetrando el paisaje, abriéndolo en dos, tienes que tensar los sentidos, afinar la kinestesia y apuntalar los músculos”. Esto es viajar como un deportista. A mí no me hizo falta pensarlo, viajaba como un deportista, no podía ser de otra manera.
Apuntalar los músculos. Yo jamás había caminado más de veinte kilómetros seguidos, y nunca había hecho una travesía de varios días. Esta experiencia era nueva para mí. La primera jornada fue de cuarenta kilómetros y la segunda pasaba de treinta. Tuve algún pequeño problema al principio con mis pies, otro día con mi cadera. Los ajustes inevitables a una forma distinta de vivir en la que caminar forma parte del día a día. Luego caminar se convirtió en una rutina y no tiene más historia. Se camina, se descansa, se camina. Total, no tienes otra cosa que hacer. Es más cansada la monotonía del trabajo diario.
Ajustar la kinestesia. En esos momentos ya me había dado cuenta de que mi cabeza era tan importante como mis piernas.
Me preguntó otro caminante: ¿todavía te preguntas por qué estás haciendo esto? Y yo, sorprendido de mí mismo le contesté que no.
-          Entonces todo está bien, me dijo.
Es verdad que antes de salir tuve que darme razones para hacerlo:
-          Una obsesión juvenil, reforzada a lo largo de los años por la literatura.
-          Una idea compartida con mi hermano que no pudimos cumplir juntos
-          Porque alguna vez hay que hacer lo que te da la gana. Sin dar explicaciones ni tener razones de peso.
Pero ahora no pensaba en ninguna. Entonces, si caminar no es un problema y no me une al camino la fe, ni una promesa, ni ninguna necesidad ¿En qué iba pensando, qué iba haciendo durante tanto tiempo?
Tensar los sentidos. Llevo una armónica conmigo y muchas veces, cuando camino canto y hay alguna canción recurrente que antes o después se me viene a la cabeza. Pero esto no es suficiente. La información a los sentidos está en el camino.
La salida de Valencia es por Polígonos Industriales. Hay gente que se salta este tramo y empieza cuando empieza el paisaje de la Albufera, pero a mí me parece fundamental para entender el viaje. Los polígonos industriales, a veces, representan un submundo de feísmo, abandono y basura realmente significativo, para entender la sociedad en la que vivimos. Hay basura por todas partes y no entiendes de quien es la culpa. Piensas ¿Tanto desapego tenemos con el paisaje o con la naturaleza para llenarla de mierda sin remordimientos? Como si los lugares de trabajo fueran lugares en los que el urbanismo, el cuidado y la educación no son importantes.
Con la llegada a La Albufera, pasada Silla, comienza otra realidad. La exuberancia de flores en las cunetas. Las plantas, además de la sensación estética, resucitaron en mí un antiguo conocimiento de las plantas que poco a poco fue ocupando más y más mi cabeza. Viajando con un noruego a él le llamó la atención el olor de una mata que pisó: ¿A que huele? Me dijo en no sé qué idioma. Tomillo dije sin pararme, pero él se detuvo y me pidió explicaciones, buscamos la mata, cortamos un trozo y se la guardó en el bolsillo. Me hizo que le explicara todas las plantas olorosas: El tomillo, la menta, el orégano, la salvia, el romero, el hinojo.
Decidí contar el suceso sometiéndome a la métrica de los haikus…
TOMILLO
Cuando lo rozas
con descuido al pasar
grita su nombre
ese juego me duró casi todo el viaje y me trajo a la memoria de viajes muy remotos, casi iniciáticos… Cuanta más curiosidad tienes más fuerzas los sentidos.
El camino es el protagonista del paisaje del caminante. Cuando viajas de este a oeste, en el camino se proyecta tu sombra, que con frecuencia es tu única compañera. Si miras atrás está el sol. Pero lo que más me gustaba es cuando a un extremo del camino se veía la torre de la iglesia del pueblo del que venía y al otro la torre del pueblo al que iba. Era una sensación como la del marino que en la noche ve la luz de un faro y sabe que va bien y se tranquiliza aunque haya mala mar. Desde que se veía la torre hasta que llegabas al pueblo se tardaba, al menos, dos horas.
Caminar es un regalo a la lentitud, al tiempo para ver y sentir. Por ejemplo. El abandono del mundo rural. Para quienes nacimos a mitad del siglo pasado, el mundo rural tiene unas características de formas de vida y cultura que ya ha desaparecido. El viaje por caminos te pone delante de los ojos, casas, alquerías, masías de gran belleza y de dimensiones humanas. ¿Por qué ya no se puede vivir en estos lugares tan bellos? A mi edad uno se vuelve sentimental y la visión de algunas ruinas casi me hizo llorar.
Los pueblos. Cuidadísimos y vacíos. Nada de vida en sus calles. Algunos, estando en fiestas, los crucé, los paseé, con la sensación de que estaba interrumpiendo una quietud… que realmente recordaba la muerte.
Yo Iba tomando notas de todo, haciendo dibujos, instantáneas del camino. Ordenar todo este material, rehacerlo al llegar al destino, es volver a empezar el viaje, otro viaje diferente en el que, estando quieto, comienza el viaje interior, los caminos te recorren a ti. Y al contar a los demás lo que has hecho te expones como se expone el que salta a una cancha para medir su habilidad. Y quienes somos deportistas, volvemos a sentir el vértigo de un salto, un partido o la escenificación de una danza.
Caminar y contarlo. En una de mis lecturas de viajes leí que el viaje termina cuando lo cuentas y que un viaje, a diferencia del turismo, es aquel desplazamiento que, cuando lo has terminado en algo te ha cambiado la vida, aunque sea un poquito. Y para mí estar hoy aquí, recuperar este trozo de mi vida ligado al INEF de A Coruña, con mis amigos de aquí y el recuerdo de Jose Luis Salvador tiene mucho que ver con la satisfacción de haber viajado y haberlo podido contar. En cierto modo desde que empecé a escribir este libro tenía en la cabeza que estar hoy aquí era una de las razones de este libro. Así lo expresé en el colofón de la segunda edición con mi homenaje a la República que nos reunía aquí todos los años:
Este libro acabó de imprimirse en octubre de 2018
en Martín Gràfic de la Fonteta de San Lluis
a punto de proclamarse la Tercera República
y aniversario de John Lennon:
Imagine all the people
sharing all the world


domingo, 17 de marzo de 2019

El guardián entre el centeno


Que buen profesor de educación física hubiera sido


Si un cuerpo agarra a otro cuerpo, cuando viene entre el centeno…”  (Robert Burns)

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Ser el guardián entre el centeno es un sueño recurrente de Holden Caulfield, el protagonista de esta novela. En el sueño, el joven Holden, se encuentra dentro de una plantación de centeno que limita con un precipicio. Repartida por el campo hay mucha gente jugando, pero la altura de las plantas les impide verse entre sí. Holden es el único consciente del peligro que supone el precipicio y se propone evitar que toda esa gente se despeñe y, para atraparlos antes de que caigan, se vale solo de su intuición y el rumor de las plantas cuando son agitadas por los que juegan. Es una labor ingente que hace que se despierte extenuado.

La vida de Holden es una agitada y despistada actividad para ubicarse en un mundo del que se siente responsable y sobre el que lanza una crítica desesperada, cargada de razones, suplicando que le entiendan. En el transcurso del relato, Holden se encuentra con el deporte, con el que establece una relación acorde a su imaginario y a su actitud interrogadora y crítica.

El deporte es un reclamo, una seña de distinción en la propaganda de los colegios. Por ejemplo, su colegio se anunciaba con un jinete de polo. Pero él nunca vio por allí un caballo ni un hombre magnífico, como podía deducirse de la foto del pez gordo montado a caballo. Son signos de distinción social también, el tenis y el golf que aparecen en otros momentos del relato.

En el fútbol, se supone que debía ser espectador de “esa gran cosa…que tenías que suicidarte o algo así si no ganabas”. El asiste a un partido desde lejos, sin participar de los gritos de sus compañeros y observa:

-          Dos equipos embistiéndose.
-          Los gritos tremendos de sus compañeros.
-          Los gritos bajitos y amariconados de los contrarios; que son pocos.
-          No hay chicas.
Se mire por donde se mire es un asco de colegio —Deduce—.

Él practica esgrima, sin demasiado entusiasmo. En un desplazamiento a otro colegio para unos combates le nombran encargado y pierde las armas en el transporte. Le llueven las críticas y él solo piensa que “la verdad es que, dentro de todo, tuvo bastante gracia”. Ese mismo día deja de ir a otro partido de fútbol y se queda leyendo Memorias de África de Isaac Dinesen. Solo él y otro chico han dejado de ir y esto le sitúa en un terreno de autoexclusión, de distanciamiento social; una metáfora de lo que está siendo su vida en ese momento.

Aparecen muchos más deportes: Su amigo Mal Brossard, está en el equipo de lucha, le encargan una descripción literaria y describe un guante de béisbol, habla de patinar y prefiere las carreras en el hielo al hockey, a su amiga Gallagher le gustaban los deportes atléticos y, a su manera, admira al equipo de baloncesto: “Esos hijos de puta de los equipos deportivos, eran una piña”.

Observa a un chico en un bar… “Él hablaba a la chica de un partido de fútbol profesional que había visto esa tarde. Le contó hasta la última jugada, en serio. Era el tipo más aburrido que he visto en mi vida”. Estoy rodeado de imbéciles, piensa. Su hermana Phoebe le reprende: “Nunca te gusta nada de lo que pasa. No te gusta nada…

No es así, responde:

Me gusta una monja que iba haciendo una colecta. Pero no todas las monjas, esa monja.
Ese chico delgadito que mantuvo su palabra y recibió una paliza y luego se suicidó.
Me gusta estar aquí sentado, hablando contigo y me gustaría ser el guardián entre el centeno.”

Que buen profesor de educación física hubiera sido.

J.D. Salinger. El guardián entre el centeno. Alianza.


miércoles, 9 de enero de 2019

El deporte metáfora del mal


El deporte ilustra gran cantidad de metáforas de nuestro comportamiento y en él se retratan lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. Para que retratara lo mejor se inventó y se hizo educativo pero, en estos momentos, el retrato más veraz que hace el deporte de la sociedad es el de la impunidad con que se mueven en él “los malos”.

No pasarían muchos años de la existencia del fútbol, o de cualquier juego que le precediera, para que alguien viera en este enfrentamiento un trasunto de la guerra, antes de ver en él un negocio, o tal vez al tiempo porque, una cosa y la otra siempre han hecho ganar dinero a alguien. Este podría ser el punto de partida y esto es lo que nos viene a contar Ángel S. Harguindey en su columna "fútbol es fútbol" de la sección “En Antena” del Pais del 8 de enero de 2019. Lo que hace es comentar la serie “Todo por el juego” que se puede ver en la plataforma de Movistar.

En primer lugar desmonta aquello de “fútbol es fútbol”; una simpleza con la que se intenta destacar el carácter de juego azaroso, por encima de las circunstancias corruptas e inmorales que rodean al negocio. Luego se mete en terreno pantanoso y habla de la gran cantidad de delincuentes que lavan su cara y la pasta en el deporte. Entonces se lanza a dar algunos nombres de rapaces que han pasado por el deporte y los juzgados. Y aquí da un paso atrás porque el gran problema no son los que han sido descubiertos y juzgados sino la poca ejemplaridad de los castigos y que son más los que consiguen no pasar nunca por los tribunales a pesar de su evidente implicación en las tramas corruptas y su connivencia con los políticos; sin nombrar, porque a pocos les importa, la degradación que hacen de un juego que debía ser más ocio que negocio. Todo esto nos puede hacer llegar a la conclusión de que las leyes favorecen la trampa, en el fútbol y en la sociedad, y han creado un terreno propicio para la delincuencia en el que, los que han sido pillados, es porque no han sido lo suficientemente malos, ya que los peces gordos siguen en el poder como si éste fuera un territorio sin ley. Como si lo fuera pero sin el como.

En fin. Lo malo de todo esto es que sigo creyendo en el juego como un territorio feliz y atractivo. Un espacio que deberíamos recuperar para los jugadores.

Últimamente aparecen numerosas denuncias literarias sobre la degradación del deporte, lo malo es que forman parte del carrusel mediático que engorda la popularidad del negocio. Tal vez sea hora de hablar bien del deporte, si es que puedo. U olvidarse de él y pensar que hay Educación Física más allá del deporte. en cualquier caso hay que ver la serie esa de "Todo por el juego"
.

domingo, 18 de noviembre de 2018

La sociedad futbolerizada y la Universidad


 El País. 18 de agosto de 2018. EL ACENTO. El futbolerismo se impone en la educación superior. Jorge Marirrodriga.

Acababa de terminar la entrada dedicada a Carlos Zanón cuando cae en mis manos un artículo de la prensa diaria, que viene a profundizar en lo que quiere decir ser futbolero y su aplicación fuera del ámbito del fútbol. Lo utiliza para explicar la perversión de los valores en la Universidad. Cuando el interés está por encima de la educación. En el Instituto nacional de Educación Física, en 1974 (diez años antes de que la Real Academia Española (RAE) de la Lengua se diera por enterada de la vigencia de este adjetivo) se llamaba futbolero a cualquier deportista que entendiera la práctica deportiva al margen de sus valores educativos (en el más amplio sentido de la palabra) y de pasatiempo. Así había jugadores de baloncesto que eran futboleros; y de balonmano, aunque estos podían llamarse balonmaneros, que no era lo mismo. Es un adjetivo que se aplica a comportamientos que se dan en deportes muy mercantilizados. Nadia Tronchoni (El País, 25 de septiembre de 2018) habla de los crecientes conflictos entre pilotos de moto GP y la radicalización de las hinchadas: "El Mundial de motociclismo se ha futbolizado", concluye. 

06-noviembre-2009 Manel Fontdevila 

Así, decir de alguien que era futbolero, que nadie se preocupaba en definir, se sobreentendía que era despectivo. Que es lo mismo que explica José Marirrodriga en su artículo, que además nos ofrece algunos rasgos  Se pregunta ¿Qué es lo más importante para un futbolero? Vender camisetas, son profesionales fríos, el ranking FIFA, la marca del patrocinador. En contra de valores intrínsecos del futbolista: Marcar goles, comprometerse emocionalmente, competitividad, compromiso con el club. No es que me guste mucho el resumen. Queda más claro cuando dice, más o menos, que el futbolista y los aficionados al fútbol atienden al juego (al ocio) y el futbolero al dinero (al negocio).

Pero lo más importante es que cree que la sociedad pervierte de la misma manera los valores y pone por delante de cualquier valor de convivencia y cultura, el dinero. A eso lo llama futbolerizar la sociedad. Y cuando se refiere a la Universidad dice: “Es una lástima que el tiempo de la vida en que mejor se puede aprender y pensar sin prisas se rinda al utilitarismo de un lenguaje ajeno. También es bueno aprender para nada”.

Pero es una batalla perdida, las Facultades de Ciencias de la actividad Física y el Deporte también están futbolerizadas.

Esta entrada tiene más sentido si también se lee la dedicada a Carlos Zanón



jueves, 4 de octubre de 2018

Kenizé Mourad. De parte de la princesa muerta. Una inquietante teoría sobre el origen del deporte



Narra la peripecia de la princesa Selma, la madre de la autora del libro, musulmana, hija de sultana otomana en Turquía que, en 1923 (Revolución y fundación de la República de Turquía) se exilió a Libia hasta finales de los años treinta del siglo XX. Después fue Maharaní, esposa del Rajá de Badalpur, en la India en los años cuarenta, mientras se gestaba la independencia del país. Luego se exilia a París, justo cuando va a empezar la Segunda Guerra Mundial.

He leído este libro como una lectura de verano, tumbado en una hamaca y con el auxilio de la Wikipedia, porque la novela biográfica se sitúa en varios momentos de la historia que yo desconocía. Me resultó apasionante. Lo que no esperaba era encontrar referencias al deporte y las hay, concisas y bien claras, del papel que juega en la sociedad. Pero sobre todo hay referencias al juego, una teoría muy interesante para quienes ven el origen del deporte en la guerra, o más bien en la política. Vamos por partes:


Ya comentamos, en otras entradas de este blog, la contribución de las sociedades deportivas al estilo de vida fascista en la Alemania de los años treinta. 

Pues bien, en 1936 Libano es un protectorado francés y Beirut es considerada “El París del Líbano”, una ciudad abierta y cosmopolita que comienza a sufrir la tensión prebélica (En 1936 Mussolini invade Etiopía y ambiciona Libia) que dará origen a la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto hablan dos personajes del libro (:340):

“¡Otra vez las milicias de Gemayel hijo! Francamente, desde que fue a los Juegos Olimpicos de Berlín, no se para en nada.
Falanges libanesas. ¿Una asociación deportiva?  
¿Sabes como les llaman? ¡Las Falanges! Mussolini es su héroe. Pretende que su asociación es únicamente deportiva con fines sociales, aunque en realidad quiere organizar a los jóvenes libaneses según el modelo de las juventudes fascistas, una juventud pura y dura, ultranacionalista”

Efectivamente, Pierre Gemayel no fundó una asociación deportiva, sino un partido fascista (Falanges Libanesas) que tuvo como modelo La Juventudes Hitlerianas y Falange Española y se ha ido adaptando a los tiempos para mantener el poder. El deporte tiene muchas utilidades.


La distensión por el deporte

En la India de la década de 1940, en un corrillo de una reunión en la que se encuentra la alta sociedad, indios, otomanos e ingleses, se roza el tema de las fricciones entre hindúes y musulmanes, se deriva hacia la necesaria independencia de la India y la Maharaní Selma quiere hablar de los derechos de las mujeres. Entonces el Gobernador ingles ataja:

¿Y qué pensáis del último partido de polo?
El polo, claro, se habían olvidado del polo. Todos se apasionan y el gobernador olvida su mal humor” (:416).

Origen bélico y político del deporte

Con la razón religiosa y el ocio, una de las teorías más aceptadas sobre el origen del deporte, es el de la guerra. En la guerra de Troya se fundamenta el origen de las Olimpiadas. Aunque a mí me gusta la idea de que no es en la guerra sino en las narraciones de Homero de la guerra de Troya. En este libro se propone un origen político e intereses de manipulación del pueblo y las masas.

En el contexto de una narración sobre el carácter del pueblo de Lucknow, en India, se habla sobre deportes tradicionales, sus razones, su necesidad y su carácter. Son párrafos demasiado largos para transcribirlos, lo mejor es leerlo, y de paso el libro entero. Este es mí resumen (:551-553):

¿Qué os parece este juego princesa?... Combates de codornices… Las codornices son pacificas, volverlas agresivas requiere entrenamiento y mucho talento para convertirlas en animales fuertes y belicosos. La princesa Selma se sorprende ¿No hay suficientes animales que combatan por instinto?

Resulta una incongruencia para la idiosincrasia del juego: “Todo arte consiste, no en seguir los dictados de la naturaleza, sino justamente en cambiarlos” Es una vulgaridad hacer luchar a dos enemigos naturales, eso es solo fuerza bruta. “Hacer que se peleen dos amigos, dos aliados, eso sí que es arduo y mucho más excitante”.

La princesa Selma, comprende que está hablando, no de codornices, sino de seres humanos y de política y dice que es una perversión. Su interlocutora le da la razón: “Esto tiene la ventaja de ahorrarnos el ridículo y el mal gusto de pelearnos por ideas que se abandonan de un día para otro”    Es un juego como cualquier otro ¿Decadencia de una aristocracia agotada? De ninguna manera

Entonces aclara que los indigentes y los pobres, que no pueden dedicar dinero a gallos ni codornices apuestan en peleas de huevos. Así de simple: enfrentan dos huevos, los empujan y el que casque, pierde.

“Los ingleses creen que están locos, que sería preferible que se comieran los huevos antes de estropearlos de esa manera. No comprenderán jamás a nuestro pueblo”.

Alguien más sabio que yo podrá sacar consecuencias de esta narración. Como teoría del origen del deporte, es maquiavélica, inquietante y plausible.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Carlos Zanón. ¿Qué es ser futbolero?


Carlos Zanón: Futboleros y escribidores


 De la orgía de literatura sobre deporte que se desencadena cada vez que hay una Olimpiada o un Campeonato del Mundo de Fútbol, yo hago una selección poco rigurosa. En primer lugar, mis hábitos lectores me tiene que poner el articulo ante los ojos y, después, algo me tiene que llamar la atención, en este caso es el autor de quien había oído hablar. Algo suyo leí.

El caso es que Carlos Zanón escribió en el País dos artículos sobre fútbol: uno cuando se iban a jugar las semifinales, y otro en vísperas de la final. El primero se llama Pasión por una lavadora y el segundo Gloria y fracaso. Tópicos y lugares comunes, pensé. Aunque no estaba de acuerdo con la afirmación de que en el funcionamiento de una lavadora, que lo compara con el estilo de juego de los equipos semifinalistas, no haya pasión. Eso es porque no ha sacado a su lavadora de su encastre, la ha puesto en un pasillo junto a otra y ha programado el centrifugado para ver cuál de las dos corre más. Yo he visto una carrera de lavadoras en el bar de Moe en Los Simpson. Seguro que no se le ha ocurrido hacer el amor sobre una lavadora cuando está centrifugando (cuatro millones y medio de entradas en Internet).

Ya había desechado ninguna aportación de sus artículos cuando, en el último párrafo, vi que se autodenominaba futbolero. Como no estoy de acuerdo con la definición que da la Real Academia del significado (Perteneciente o relativo al fútbol. Persona aficionada al fútbol o que practica este deporte) decidí ver a que se refiere el escritor (ni se me ocurriría decir escribidor) cuando se autodenomina futbolero. Deduzco que, al futbolero:

No le gusta el fútbol sin héroes ni villanos. Sin gente a la que odiar o amar.

El buen juego le da igual (Bélgica juega bien, pero qué más da). A esta selección, con Francia, Croacia e Inglaterra son a las que compara con la sosería de la acción de una lavadora.

Para que el fútbol guste a un futbolero se necesita el intangible histórico, emocional o trágico (o todo junto). Y aclara: selecciones para las que un partido es el sustituto de una batalla, de una declaración de independencia, corregir mapas, escapar de barrios y vidas sin expectativas.
Se necesitan jugadores (Muchachos que sus vidas quedarán marcadas para siempre después de jugar una final) con estigmas de derrotas… 

Jugadores (que se debaten entre ser alguien distinto de los demás o ser uno más, indistinguible) que saben que cada vez que tocan el balón hay millones de corazones encogidos…, con problemas de todo tipo.

Jugadores que lanzan penas máximas jugándose la vida…, deseosos de entregar la felicidad a una turba de descerebrados… ¡Qué agobio ser jugador!

Dice que lo importante del fútbol es que te enseña a perder. Pobre docencia, ¿que hubieran dicho de mí si hubiera enseñado eso? Yo enseñaba lo que hay que hacer para jugar bien. A perder te enseña la vida. Phillipe Roth escribe: Enséñame a un buen perdedor y te enseñaré a un perdedor. Y continúa con una retahíla memorable. Perder es tedioso, agotador, anodino, deprimente, aburrido, extenuante, comprometido, vergonzoso, humillante, enervante, descorazonador… Produce dolor de cabeza… es dañino para la confianza, el orgullo, los negocios, la armonía familiar, la potencia sexual… hace que la gente llore, grite, se esconda mienta…Es la mayor causa de suicidios y asesinatos… Vuelve malvado al noble, cobarde al valiente. Es motivo de desprecio…Cuanto antes nos quitemos de encima a los perdedores, más felices estaremos todos” (La gran novela americana :312).

Y por último, el futbolero compensa la vida con fútbol. 

Sobre este tópico terapéutico, sencillo y contundente lo dice Mario Conde, el detective habanero de Leonardo Padura: "Le hubiera gustado poder ir al estadio, necesitaba aquella terapia de grupo, que tanto se parecía a la libertad, en la que podía decir cualquier cosa, desde putear a la madre del árbitro hasta gritarle comemierda al "manager" del propio equipo, y salir de allí triste por la derrota o eufórico por la victoria, pero relajado, afónico y vital" (Pasado perfecto) 

Lo dejamos aquí. Debe ser terrible ser futbolista con esas responsabilidades y también ser futbolero como Carlos Zanón. Y no digo que sea mentira lo que dice, aunque parece que se deja llevar por su vena poética y una cierta contundencia, como si los futboleros fueran personajes de novela. Y da pavor pensar lo manipulable que es una masa de personas inmersas en esos intangibles.

Ser futbolero no es lo que dice la RAE en su diccionario (perdón por la osadía de contradecir a tan regia institución pero supongo que la relación de los Académicos con el deporte debe ser, como mucho, de futboleros). En el campo semántico del fútbol ya había suficientes palabras para describir lo relativo a este deporte y a sus aficionados: futbolistas, jugadores (cada uno con su especificidad), entrenadores, directivos, aficionados de distinto carácter: hinchas, hooligans. Desmond Morris escribió El deporte rey y Vicente Verdú El fútbol, mitos y ritos sin tener que utilizar esta palabra. El futbolero fue un término popular, despectivo, que nació para denominar al descerebrado, al que era incapaz de ver en el fútbol un juego, alguien que veía en el fútbol… todo eso que dice Carlos Zanón que ve. El futbolero, en su acepción popular, era un subproducto de la manipulación que se hace del fútbol para convertirlo en religión, negocio y patriotismo. Un mal aficionado, igual que un escribidor es un mal escritor.

Es frecuente que muchas de las personas que se ven retratadas en una pasión impropia, es decir muñida por otros, se revuelva e intente hacer del menosprecio timbre de orgullo. Pasó con las marujas a las que Rita Barberá quiso hacer un monumento. Futbolero a mucha honra es un exabrupto similar, menos dramático, al resignado Vivan las cadenas. 

En fin. A Carlos Zanón le comparan con Vázquez Montalbán. No digo que no ni que sí (más bien que no). Pero el deporte en Vázquez Montalbán era mucho más serio y más pensado. Seguro que a Vázquez Montalbán ni se le hubiera ocurrido autodenominarse futbolero. Lean de este autor Política y Deporte o la intriga de Carballo situada en las Olimpiadas de Barcelona. Y lean algo de Zanón. Yo volveré a hacerlo…, el día menos pensado.

De sus artículos me quedo con la última frase de su artículo Gloria y fracaso, que no encaja en nada de lo que hay escrito en estos artículos: Para lo que se necesita coraje es para vivir y jugar.








domingo, 9 de septiembre de 2018

Carlos Marzal: El poeta, el fútbol y los toros


Carlo Marzal escribe sobre fútbol ¿Por qué?

 Al fútbol se juega todo el año en todas partes, pero los días que dura el Campeonato del Mundo de Fútbol, el terreno de las letras se convierte en una especie de barbería de la posguerra en las que era obligatorio hablar de fútbol o de toros, para evitar la tentación de hablar de política.

Carlos Marzal, que es poeta, y bueno en esto, también dedica una columna al fútbol en el Levante EMV de 30 de junio de 2018. La futboliada titula, en referencia, no sé si culta o burlona, a La Iliada o a las Olimpiadas. 

El poeta empieza el artículo exponiendo una teoría evolutiva al modo de Piaget. “El futbol es un fenómenos de masas en el que las masas participan desde la niñez. El impulso de pegarle una patada a algo… constituye un absoluto” (Y nombra a Kant y Schopenhauer ¡para lo que han quedado!). Les aseguro que no hay que irse tan lejos. En el Instituto Nacional de Educación Física de Madrid, en el año 1974 aproximadamente, esa misma era la teoría con la que Miguel Muñoz, entrenador del Real Madrid, abría su docencia sobre fútbol con el siguiente discurso: El fútbol es instintivo. Un niño ve venir una pelota rodando y no la coge con la mano, le da una patada; y si la pelota pasa por una puerta dice ¡Gol! Eso se llama instinto de gol. Esto último lo dijo sonriente, cuando notó el regocijo generalizado. En una muestra de honradez dimitió de su docencia antes de acabar el curso.

Otra razón de su artículo, puede ser sociológica y geopolítica. Nombra los momentos en que jugar al fútbol puede provocar una distensión política: los partidos entre enemigos en las pausas de las guerras. Nombra también en las ocasiones en las que se juega en condiciones extremas de penuria. Pero la distensión no es una virtud del fútbol, sino del juego. Hay ejemplos conocidos de política del tenis de mesa, del rugby, del cricket.

Cita la infancia vivida en las calles como la patria del futbol. En la foto de su blog aparece un niño como de nueve años jugando al fútbol sobre impecable césped con un impecable equipamiento del Valencia CF que incluye espinilleras, porque la violencia es evidente también a esas edades, que le aleja bastante de la visión del fútbol de favelas que insinúa. El fútbol infantil, ahora, nada tiene que ver con pelotas de trapo (si hay alguien en el mundo que juegue con pelotas de trapo sale en internet y cualquier club de cualquier otra parte del mundo, en gesto magnánimo y convenientemente publicitado, le ahoga en balones de reglamento). Los niños juegan en escuelas deportivas con buenos profesionales y con psicólogos que prevengan a los niños del casi seguro fracaso en su intento de llegar a la élite. Por cierto, en la misma página del blog aparece una proclama sobre la libertad del pueblo catalán, impagable.

Pero, para Marzal, la principal razón para jugar al fútbol es terapéutica. Herramienta del recuerdo, “los olvidados del mundo juegan al fútbol”, y lenitivo del dolor: Durante noventa minutos se “vuelve a ingresar en el Paraíso, fuera del tiempo, lejos de la decrepitud, invulnerable al dolor y a la muerte”. ¡Joder! Vaya colocón. Y luego dice que eso de que el fútbol es el opio del pueblo es una perversión de los progres.

Como se ve que esto del deporte no lo tiene muy pensado, hay que volver al principio de la columna para entender por qué habla de fútbol y descubrimos que en realidad de lo que quiere hablar es de toros para hacer un ajuste de cuentas con los progres de otra época, que dice que ya no existen. Lo explica con un “silogismo cateto” que atribuye a los fantasmas de la izquierda: “Los toros eran franquistas, luego abominables”. No Carlos, no entendiste nada: Los toros son abominables y por eso franquistas. Entendido el franquismo como el predio de todas las abominaciones.

Marzal quiere decir que el fútbol nunca estuvo bien visto por los progres (¿Qué demonios querrá decir con progres? –diría Juanjo Millas-). Esto no es cierto, los progres de principios del siglo XX vieron en el futbol y en el deporte, el mirlo blanco de la humanización y el cambio regenerador. Mucho antes de Franco y su amor por los toros (¡Cómo disfrutaba! en el palco de las Ventas, cual Emperador romano, llegando tarde y haciendo flamear los pañuelos blancos de protesta, para que el ABC dedujera que España era una democracia y se podía protestar contra el gobierno como en Inglaterra); como decía, mucho antes, en 1924 en la Revista Aire Libre aparecía el siguiente párrafo: “No sabemos si el deporte tendrá tanta fuerza regeneradora, pero vale la pena ponerlo a prueba, porque con nuestros floridos casticismos, con nuestro toro y con nuestra pandereta y nuestra “jonduras” no nos ha ido tan bien que podamos despreciar el examen de nuevos procedimientos educadores”. Había muchas esperanzas puestas en el deporte.

La intromisión de los progres en 1978

Después, los progres, denunciaron el deporte como un paraíso perdido a favor de la mercantilización y del Nacional Futbolismo, que diría el periodista Julian García Candau.


Además, el pensamiento sobre los toros no se puede aplicar al fútbol porque no es lo mismo. Nada que incluya la muerte debía pensarse que es un juego, ocio ni deporte: ¿jugar y matar? No lo entiendo.

Quiere llegar a la conclusión de que si los progres no disfrutan viendo el mundial (y los toros) es porque son unos taraos. Argumenta que los progres y los fantasmones de la izquierda necesitan el permiso de una autoridad para disfrutar de algo (incluye el sexo, que los progres no disfrutaron nunca sin permiso de alguien y cita la autoridad de Roland Barthes, semiólogo estructuralista que pasaba por allí). Vamos, que los progres, quien quiera que sean, le caen fatal, lo mismo que le pasaba a Aznar, que llamaba a todo el que se le oponía desde la izquierda progres trasnochados y radicales.

El poemario de Carlos Marzal Metales pesados, me encanta. Recomiendo su lectura. Las novelas que ha escrito, a otros les gustarán. Lo mejor es leer mucho, para que luego no “te la cuelen” en una columna.