jueves, 30 de marzo de 2017

David Le Breton. Elogio del caminar

El entrenamiento como camino

Dice David Le Bretón que su objetivo al escribir este libro es darse a la fuga por la escritura e intercambiar impresiones con otros. que es lo mismo que se hace al caminar. Caminar y escribir es el mismo juego y yo, a esta evasión, le llamo deporte, invocando el significado que tiene que ver con el ocio en los puertos de los marinos (de-puerto).

A lo que íbamos es al caminar y, al leer el primer párrafo de este libro, pienso que ya no se puede decir más —y quedan doscientas cincuenta páginas—.

Entre otras cosas dice que puede ser que uno vuelva de la caminata transformado “más inclinado a disfrutar del tiempo”. Y yo interpreto que se refiere a disfrutar el tiempo que uno está en el camino; más que de la meta.

Carlos Álvarez 2005

Creo que la primera vez que entendí esa idea fue cuando se la escuché a Carlos Álvarez del Villar cuando, con la disculpa de mejorar mi entrenamiento y que saltara más, me enseñaba más allá de lo que pudiera llegar saltando. Me decía que el entrenamiento, al que se dedica casi todo el tiempo del ejercicio de atleta, era la parte divertida del deporte, la de la amistad y los buenos ratos, que luego, en la competición los atletas nos volvíamos estúpidos. El entrenamiento, claro está, es el camino.

Disfrutar del proceso es la idea que yo intentaba en mis clases cuando tratábamos con la creatividad. 

No perder de vista el camino, para volver atrás si es necesario. Eso me decía mi sobrino Manolo cuando hablaba de su prudencia en la montaña: “sigo metas ambiciosas, pero con la mirada en el camino que dejo atrás por si hay que volver”. Más o menos.

Si la primera frase del libro ya me he engolfado en el recuerdo y la reflexión, no sé qué pasará más adelante. Tendré que moderar mi ansiedad para contar e imaginar. Tal vez si empezáis ahora a leer este libro acabéis antes que yo.





jueves, 16 de marzo de 2017

Andar no es un deporte 2. Frédéric Gros. Andar. Una filosofía.

Una sensación en el recuerdo

Frédéric Gros. Andar. Una filosofía. Taurus. 2015. Primera edición 2014


Esta segunda entrada dedicada a Frèdèric Gros es una entrada coral, si es que dos hacen coro. Me acompaña mi hermano que tomó notas de esta lectura y a ellas me ciño para sacar conclusiones sobre lo que es esto de caminar ocioso.
Quienes escriben sobre andar se preocupan de poner nombre a la marcha atendiendo  a su conclusión y finalidad: pasear, vagabundear, viajar. Frèdèric Gros se entretiene en la idea de peregrinar. Mi hermano subraya:

“El peregrino no está en su casa allí donde camina”.

La idea que compartimos es que no te vas para construir un nuevo hogar, sino para no tener nada, vivir con lo elemental; sentirte extranjero, extraño, allí donde estas. Teníamos un poco de fobia al Camino de Santiago donde es previsible la presencia del caminante, que se encuentra como en casa. Gustábamos de caminos, poco transitados, que en otro tiempo fueron caminos de carros y caminantes ajenos a la prisa o a la meta.

De los capítulos que el autor dedica a H.D: Thoreau (Walden) veo que está subrayada la idea de que

  “No hace falta ir muy lejos para andar. El verdadero sentido de la marcha no es ir hacia lo otro, sino estar al margen de de los mundos civilizados, sean los que sean”.

Más allá de la puerta de tu casa, cuando dejas lejos tu ciudad y el retorno no es una solución comienzan a pasarte cosas, sencillas, que ni te esperabas. Hablas diferente, de ocios distintos. Que es lo mismo que le pasa a quien habla contigo y por un momento rompe el hilo del día a día. Te desprendes de lo previsible, de lo que sabes y sientes la libertad de que lo dicho no formará parte de la memoria que compromete, que puede ser revisada. Si es memoria, lo es del contacto humano, historias al margen de la secuencia cotidiana. Mi hermano, callado por higiene, encontraba cargadas de sentido todas las conversaciones tenidas en el camino. Y todo esto me recuerda el libro que me ha regalado Pere “El pelegrinatge insòlit de Harold Fry, de Rachel Joyce, sobre el personaje de la novela que salió de casa para echar una carta al buzón y encontró sentido a sentir las piernas y al sol en la espalda.

Luego subraya que, entre los pensadores griegos, los cínicos fueron los únicos auténticos caminantes. Y hace un doble subrayado a la idea de “Sentirse ciudadano del mundo” y resalta, del cínico, el desapego, que es lo que le permite serlo.

El desapego, mejor si se aprende pronto, resulta imprescindible cuando eres mayor. Vivir fuera de tu casa, en un ejercicio constante de prescindir, es un buen entrenamiento. Hablamos, mi hermano y yo, mucho de ello y me aplico en su práctica. Eso sí, con la certeza anclada de la amistad y el amor, si es posible.

Cuando hablábamos de andar, por qué y cómo, recurríamos al recuerdo para explicar lo que queríamos, que nunca quedaba claro. El callejeo por Toledo, las travesías por Guadarrama, las emboscadas en cualquier sierra; parecían contener esa sensación de diversión y plenitud a la que Joan Fuster hace referencia cuando aborda la acción de flâner y que concluye que este verbo describe una sensación que está en el recuerdo. Ta vez sea ese el sentido de las notas sobre este libro, activar el recuerdo.

Y si no son suficientes nuestras dos voces para considerar coral este escrito, podemos añadir que el libro Andar, una filosofía me lo regaló David, que El pelegrintge insòlit de Harold Fry me lo regalo Pere, Manel me invitó a que indagara en el Diccionari per a ociosos de Joan Fuster el término flâner. Todos ellos, con quienes hayan llegado hasta el final de esta lectura, yo creo que ya hacemos coro.

Por último, Frédéric Gros, a pesar de que reniega de la relación andar-deporte por su abrupta manifestación mercantil y bárbara, dice —y recoge mi hermano— que “lo que domina en la marcha… es la alegría sencilla de poner a prueba el cuerpo en la actividad más arcaicamente natural”. Rousseau, musa del valor educativo del ejercicio de andar y de lo natural como punto de partida del conocimiento, no lo dijo mejor.

El libro dice mucho más y mejor. Lo mejor es leerlo.

viernes, 10 de marzo de 2017

Andar no es un deporte. Frédéric Gros. Andar. Una filosofía.

Andar es un deporte, depende de cómo se mire.

Frédéric Gros. Andar. Una filosofía. Taurus. 2015. Primera edición 2014

Creía que relacionar andar y deporte iba a ser más fácil que relacionar deporte y viaje. Pero la primera frase del libro que emprendo dice: 

Andar no es un deporte” 

y después, Frédéric Gros, se aplica en explicar sus razones. Para él el deporte es lo que es para la mayoría: lo que la prensa y la televisión dicen. Y eso no le gusta porque incluye mercantilismo, competitividad excesiva, números para explicar el resultado de un juego. 

Y luego dice algo que llama la atención: “Se da siempre esa distinción entre vencedor y vencido, como en la guerra. Hay, entre la guerra y el deporte  un parentesco del que la guerra extrae su honra y el deporte su deshonra…” ¿Cómo los amantes del deporte, nos podemos resignar a esa comparación odiosa?

Me ha traído a la cabeza una pregunta que alguien lanzaba en Facebook sobre las razones del desapego de la mujer con el deporte y recuerdo nuevamente aquel artículo que dediqué a Agustín García Calvo sobre el fervor que los hombres dedican a la guerra y al deporte y la desazón de la mujeres “Perché perché...La domenica mi lasci sempre sola, per andare a vedere la partita di pallone, perché, perché…(Cantada por Rita Pavone 1963).
  
Toda la aproximación, con comparaciones y utilidades, entre el deporte y la guerra, se convierte en distancia de las mujeres. Y cuando hablo de aproximarse, no solo me refiero a la teoría, también al fervor con que en el deporte se defiende como mercancía, fidelidad patriótica o espacio personal.

¿Cómo se puede confiar y mantener valores civiles de una actividad que aguanta la comparación con la guerra? Como decía Alexandro Barico en Homero Iliada, es necesario: conocer la emoción, incluso la más vertiginosa, sin tener que recurrir al doping de la guerra o la metadona de las pequeñas violencias cotidianas. En fin, otra belleza, si es que comprendéis lo que quiero decir


Claro, así ¿cómo pensar que andar es un deporte? Pero por suerte hay muchos deportes y a muchas personas cuando le preguntas que hacen cuando dicen que hacen deporte, dicen que juegan o caminan. Claro, dice el autor, que andar, al fin y al cabo “poner un pie delante de otro, es un juego de niños” y si no hubiéramos interpuesto tantas cosas entre el juego y el deporte el autor no tendría tantas dudas sobre si andar es o no deporte.

Para andar hace falta ante todo dos piernas y lo demás es superfluo” y que “Caminando, solo una hazaña importa: la intensidad del cielo, la belleza de los paisajes…


Pues eso es lo que yo digo: Deporte.

jueves, 9 de marzo de 2017

¿Es viajar un deporte? Michel Onfray. Teoría del viaje

Viajar, volar, saltar, caminar, escribir.


Intentando volar en 1972
¿Es viajar un deporte? Pues depende de lo que cada uno piense que es deporte. Para mí, que saltar era como una iniciación al vuelo, viaje y deporte se parecen mucho. Lo escribí cuando reflexionaba sobre mi primer viaje en solitario en 1971: “El viaje es una forma de despegar, de vértigo lleno de imágenes, de correr y volar para ver todo desde lejos”.
La lectura de este libro la utilizo como introducción al viaje caminando o al caminar como forma de viajar que es un proyecto que acaricio. Supongo que lo de andar estará más cerca de lo que es deporte que la idea del viaje.
Michel Onfray divide al mundo en sedentarios y nómadas y la historia de la humanidad se puede construir atendiendo a estas dos formas de estar en el mundo. Del nómada dice que es un elemento incontrolable, imposible de seguir. Al menos hasta la llegada de los teléfonos móviles. Y define el viaje como un arte que induce a una ética lúdica. Dice cosas bellísimas de la condición del nómada. Quien se sienta nómada no debería dejar de leer este libro.
El viajero elige su destino pero por algún imperativo ontológico cada uno marca una tendencia. Hay viajeros que eligen el mar, los bosques, los desiertos, las llanuras, las islas… Yo creo que soy de islas, que son como tener todo el mundo al alcance de la mano; pero no estoy seguro.
Otro detalle que nos interesa compartir con el autor es la idea de que un viaje empieza en una biblioteca o en una librería, que es donde se generan los fantasmas de la ilusión y la imaginación “fantasmas literarios o poéticos”. También que el registro del viaje es la escritura porque con ella recapitulamos los múltiples desajustes que el viaje provoca en nuestras vivencias.
Después de elegido el destino y alimentada la imaginación comienza el viaje en el preciso momento en que se cierra la puerta y se da la espalda al hogar para comenzar a alejarse, situarse en terreno de nadie, donde todavía es posible dar marcha atrás. Luego,  al poner tierra por medio se siente más difuso el origen; y aquí es necesario referirse a Ítaca, porque el destino del viajero es volver.
La experiencia del viaje es de uno mismo, aunque en el viaje no se vaya solo. Y la experiencia necesita de la inocencia, vivir el viaje sin prejuicios. Ejerciendo la memoria, pero sin referirse a ella, para entender lo que se ve, lo que pasa en el camino.
Escribí cuando tenía veintiún año, en un solitario viaje de fonda y tienda de campaña: “El caso es que me quedó una deuda ni se sabe en qué rincón de mi cerebro con la calle Mayor, 103 y la imaginada Alameda por donde pensé a mi amigo en sus correrías de verano, y estoy castigado a recordar el numero 103 siempre que se habla de Daroca o cuando paso cerca, y a fijarme en la copa de los álamos que hay más allá de la ciudadela”.

Al releerlo recordé que había ilustrado el libro
Después, la vuelta, comenzar a plantearse un nuevo viaje y escribir para desentrañar la memoria. Porque las notas no son suficientes:
Me entretuve en tomar notas de lo que veía y hacer algún dibujo, para perpetuar lo que estaba viviendo. Intento fallido, cuando lo leo años más tarde, en la mayoría de los datos, sólo encuentro la constancia de que estuve”.
Sin embargo, en el mismo diario, un nombre, solamente una palabra, alborota mi memoria: Aurora
Al sentir que podría estar cerca percibía la emoción y el escalofrío de los contactos que habían quedado pendientes, me estremecía por un amor adolescente en el que nunca se formuló un deseo o un sentimiento” (Notas de 2002 sobre un diario de 1973).

A estas alturas, quien lea esto, puede estar pensando que qué tiene que ver esto con el deporte. El caso es que yo tengo una memoria de la experiencia atlética tan vital y tan literaria, tal vez poética, como lo que narro del viaje y es, posiblemente, el mejor legado que me ha dejado la práctica deportiva.
Mi próximo deporte es viajar andando, leer y escribir.