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miércoles, 6 de mayo de 2026

Donald Trump y el golf. Yo hago trampas porque...

El golf practicado por Trump es un deporte inhóspito para el fair-play.

En este blog, con frecuencia, nos hacemos eco de noticias que estigmatizan al fútbol como dechado de todas las perversiones que se dan en el mundo del deporte: Violencia, trampas, machismo, racismo, manipulación política, mercantilismo... Pero otros deportes que, por su apariencia y glamour, diríamos que están a salvo del juego sucio, son el escenario de las peores pulsiones del ser humano.

Viene al caso este comentario porque llevo tiempo leyendo noticias en las que, al tiempo que se habla de la guerra de Iran, se habla de Donal Trump jugando al golf. No me lo imagino jugando y quiero saber qué hace cuando dice que juega al golf.

— Yo hago trampas porque creo que todos los demás las hacen también.

Es la frase más abyecta que se puede atribuir a un deportista, era de imaginar. No se trata de jugar sino de otro escenario de su poder. Se inventa un handicap profesional y si le añadimos, a su gusto por las trampas, que el campo de golf es suyo ¡sálvese quien pueda! Ni se os ocurra ganarle. Me acuerdo de aquella pataleta infantil del niño que se retiraba del juego porque perdía, con el argumento de que ¡el balón es mío! Pero no frivolicemos, sería cómico si no fuera porque su actitud inmoral en el juego es la señal inequívoca de su inmoralidad en el gobierno que le conduce al esperpento de que entre hoyos puede desencadenar o seguir el comienzo de una masacre (me niego a llamar guerra a los asesinatos y negocios de los modernos sátrapas). En esto el golf tiene sus ventajas sobre el fútbol. Durante un partido de fútbol no se puede hablar del bombardeo de una escuela. Hay que esperar al descanso.

Nada más lejos de mi intención que denostar el juego del que hablamos. Golpear con un palo una pelota para ver en cuantos golpes la metes en un agujero es una idea que si no estuviera inventada la hubiera inventado yo. Al fin y al cabo parece la versión del gua para mayores y a mí jugar al gua me gustó mucho.

Pero no hay deportes morales o inmorales sino deportistas con ese comportamiento. El juego es una actividad voluntaria con reglas pactadas y hacer trampas e ir contra tus propias normas es de una bajeza insoportable. Aunque siempre encontrará pequeños émulos que no necesitan recurrir a ningún tipo de valor para entender el deporte. Así dice Almeida, alcalde de Madrid, “El golf ya no es de pijos... Es un deporte maravilloso para España, ya que nos trae también un turista de alto poder adquisitivo (sic)”. La declaración no deja dudas en cuanto a los valores del ínclito que afirma que "el golf no entiende de ideologías". El golf no, su versión de los valores del golf sí.

A mí no me gustan quienes como Trump hacen trampas o como Almeida solo ven en el juego dinero. Yo no hago trampas ni aunque sepa que alguien las hace y como juego con quien me da la gana, no juego con tramposos ni cínicos.

Sobre el golf me quedo con  el cachondeo de  Erik Satie, patrón de este blog, al componer sobre esta diversión,

El coronel viste falda escocesa de color verde chillón. Seguro que gana. Su “caddy” le sigue y le lleva los palos . Las nubes están asombradas. Los hoyos temblorosos. ¡el coronel ha llegado! Apunta bien a la bola, golpea... ¡Su palo salta en pedazos!

Y un epílogo:

De que deporte y guerra están muy emparentados en el imaginario informativo ya hemos dado cuenta en este blog. Por ejemplo, cuando hablábamos del mal gusto de Iberdrola de llamar a sus equipos femeninos “Las guerreras”.

Frederic Gros hablando del deporte y la guerra deja bien clara su relación, Hay, entre la guerra y el deporte un parentesco del que la guerra extrae su honra y el deporte su deshonra…” ¿Cómo nos podemos resignar a esa comparación odiosa?

 

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