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martes, 28 de abril de 2026

¿Dónde vibra el nervio de una ciudad? Marc Bassets

El FC Union se afana en mantener la esencia y la autenticidad de un deporte que la está perdiendo. Eso dice esta crónica.

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Con frecuencia se encuentran artículos en la prensa sobre la autenticidad de las emociones de los aficionados al deporte. Esta preocupación, al menos la publicada, casi siempre se refiere al fútbol. Se supone que no existen dudas sobre las razones por las que los espectadores acuden a otros espectáculos deportivos. Los asistentes a un evento atlético, por ejemplo, van allí porque les gusta el atletismo.  

De la preocupación por encontrar valores sociales en clubs de fútbol va este artículo (Marc Bassets. El espíritu berlinés vibra en las gradas) que empieza marcándose objetivos realmente ambiciosos: “¿Dónde vibra el nervio de una ciudad?” Se refiere a Berlín. Y por fin lo encuentra: en un estadio de fútbol en un barrio obrero. Se trata del barrio de Köpenick, en un estadio que tiene el bucólico nombre de La Antigua Casa del Guarda Forestal. El club es el FC Union “Rara avis en el deporte globalizado y millonario”. El otro equipo berlinés, el otrora poderoso Dynamo, está en una categoría más baja y se le identifica con la extrema derecha y los neonazis.

¿Pero en qué consiste esa identidad berlinesa que ha encontrado en el FC Union? Por un lado, alaba la actitud de los aficionados que, ganen o pierdan, animan a su equipo con cánticos que destacan el amor a los colores en la victoria o la derrota porque quieren mantener el valor de ser un juego por encima de un negocio. En cuanto a su posicionamiento social, el director de comunicación del club rehuye hablar de posición política y define su ideología así: “Cualquiera que siga los principios humanistas y democráticos es bienvenido aquí”.

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Con estos argumentos, el autor cree haber encontrado representado en el fútbol “un lugar donde hallar la huidiza esencia de lo berlinés”. Una ciudad “pobre pero sexy..., y de espíritu rebelde”.

A poco que lo pensemos, ¿quién no conoce algún club que en algún momento haya representado esos valores? ¿No fue esa la idiosincrasia del Rayo Vallecano, del Betis o del Atlético de Madrid? Y este recuerdo me asusta, porque todos estos clubs de fútbol, que alguna vez representaron a los trabajadores y a los barrios más humildes, acabaron cayendo en manos de estafadores y aprovechados populistas, arrastrando a una afición que reía las gracias del sátrapa que los manejaba como juguetes útiles para sus obsesiones maníacas, ya sean Gil, Lopera o Ruiz Mateos. Me preocupa pensar cuán débiles son nuestras convicciones humanistas, democráticas o nuestra conciencia obrera, cuando la identidad se plasma en algo tan vacuo como “el amor a unos colores”.

Espero que la identidad berlinesa tenga fundamentos más fuertes y esté menos expuesta a la manipulación, espero que esa manera de ser humanista y rebelde de la ciudad, si es cierto que es así, no esté sustentada solamente por los forofos de un club, por muy de barrio obrero que sea, porque entonces la identidad corre peligro.

Al final del artículo Marc Bassets llama la atención sobre las derivas poco aconsejables de la evolución del club: sospechas de ser complacientes con la política de Vladimir Putin y decantarse por una identidad germano-oriental... Que yo no sé lo que significa, pero ha hecho que un historiador, un veterano hincha del club, Ilko-Sascha Kowalezuk, denuncie su deriva.

El juego puede influir en las convicciones sociales, éticas y morales de quienes juegan porque de su esfuerzo se derivan consecuencias evidentes. Así, la excelencia, la colaboración, el juego limpio son derivas naturales de quien se esfuerza en un acto sin interés posesivo. Pero lo que influye en los espectadores del deporte es una amalgama de decisiones empresariales y políticas con un enorme potencial para pervertir el sentido del juego. La superioridad, la identidad, la raza, el ardor en la defensa del grupo, el enemigo... son formas de control muy eficaces. El amor a los colores se parece mucho a la idea de seguir una bandera que no se sabe quien enarbola.

 


 

 

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