lunes, 27 de junio de 2016

Teoría del deporte. Isadora Duncan. Holderlin.


20121217 El cuerpo viviente y flotante. El conocimiento de la belleza y de la santidad
Hace algunas entradas, me referí al templo de Ártemis en Braurón, en el Ática. Y como Isadora Duncan sintió que aquello que quería decir con su danza encontraría razón, como la encontraron poetas, filósofos, músicos, en la areté (excelencia) y la práctica de la paideia (enseñanza humanista) de la antigua Grecia. Ya había tomado contacto con la mejor educación física europea en el Instituto Gimnástico de Estocolmo. “…me parece que la gimnasia sueca está destinada a un cuerpo estático e inmóvil, pero no al cuerpo humano viviente y flotante” Eso dijo allí y supo que no la entendieron.
Su empeño tenía que ver con otras dinámicas: “…he venido a traer un renacimiento de la religión por medio de la danza, para elevar al público el conocimiento de la belleza y de la santidad del cuerpo humano mediante la expresión de sus movimientos” Sus maestros: Rousseau, Walt Whitman y Nietzscheze.
Así que, como el poeta antiguo (murió Hölderlin en 1843 en Tubinga), siguió el vuelo de las grullas y cabalgó sobre delfines en busca de la cultura que antepuso la excelencia a ser el mejor, para encontrar “hombres antiguos, vagando confiando en sus fuerzas, con fe en el mañana” Vírgenes puras de Atenas que esperan transidas de angustia…” “relucen gimnasios abiertos, cunas reciben los dioses y, audaz, una idea sagrada sube en el éter: descuella en el soto bendito el altivo templo Olimpeo que casi ya atisba inmortales regiones”.
Con un entusiasmo sin prejuicios, como solo conozco en las mujeres que danzan, se plantó en Grecia: “¡Por fin henos aquí, al cabo de tantos trabajos, en la sagrada tierra de la Helade! ¡Salud, oh olímpico Zeus! ¡Y Apolo! ¡Y Afrodita! ¡Preparaos, oh musas a bailar de nuevo!". Así de exuberante y desnortado era su intento.
Si se le concedió la inmortalidad a Hölderlin por su ejercicio poético de capturar lo universal de la cultura clásica ¿Por qué no a ella en el ejercicio de la danza?
En el Templo de Ártemis las mujeres se reunieron para la danza y el juego y de sus restos arqueológicos Isadora Duncan pudo entrever una manera de bailar: Si capturo la forma ¿conseguiré el espíritu? Se debió preguntar.
Pero ¡ay! la danza que imaginó no estaba en los chicos y las chicas griegas cargadas de prejuicios. Tal vez nunca estuvo sino en la intimidad femenina del templo.
En busca de la cultura más deseada, Heidegger supo ver en la isla de Delos, “la manifiesta, la que luce, la que congrega todo en su apertura, la que por lucir oculta todo en un presente” la sublime cultura de los seres humanos en contacto con la divinidad. E Isadora Duncan la buscó en las cráteras y los grabados evidentes. En realidad ya había encontrado la respuesta: había creado un modelo de insinuaciones y fingimientos, ocultaciones y evidencias que expresaba al ser humano. Como la isla de Delos, su danza “obsequia con la gracia del favor de lo divino y demanda de los mortales la contención y el respeto”.
No era poder. Se equivocó si pensó que era poder lo que tenía. La danza se traza en el aire, en el instante, y no encontraremos al cuerpo que danza, ni a quien baila, entre el conocimiento ni los sabios con poder.
A mi Isadora Duncan me genera todos los sentimientos y su vida articula mi amistad de antes y el amor que ahora siento.


Friederich Hölderlin. Der Archipielagus. La oficina. 2011; Martin Heidegger. Estancias. Pre-textos 2008; Isadora Duncan. Mi vida. Debate. 1977

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