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viernes, 12 de junio de 2026

Yukio Mishima. La corrupción de un ángel.

La escritura física. Yukio Mishima


Empezaré la mención a este libro con el único párrafo en el que Mishima cita el deporte, para dejar zanjado lo que piensa sobre la relevancia de su práctica. Aparece en el pasaje en el que relata el proceso de educación de Tôru después de su adopción por Honda.

“Debes hacer deporte pero sin permitir que sea un obstáculo para tus estudios y han de ser deportes que revelen tu buena salud. Tienen la ventaja de hacerte parecer un poco estúpido. En Japón no existen virtudes más estimadas que la indiferencia en política y la devoción al equipo”

Y a partir de aquí intentaré entender lo que piensa sobre la educación física, que en Mishima es la educación absoluta. No hay nada en este libro que pueda ser comprendido sin la visualización de la corporeidad de sus personajes, de tal manera que la descripción del cuerpo pretende ser la descripción del ser. Parece que la novela se dilucida en los cuerpos, más que en los lugares o los hechos. Conocemos a Tôru porque sabemos cómo es físicamente . Así dice de él:

“El perfecto cuerpo, no henchido de carne sino más bien dotado de una especie de botánica esbeltez suspendía de los hombros la inmaculada camiseta que cubría después la rotundidad del pecho inclinado. Era un cuerpo envuelto en una serena frialdad sin atisbos de blandura. El perfil, las cejas aristocráticas, la nariz y los labios estaban bien formados y parecían los de la efigie de una desgastada moneda de plata. Los ojos, de largas pestañas, eran bellos”

Las referencias a la inteligencia y a su carácter son físicas también:

“El pálido rostro de Tôru, delicadamente esculpido, era como el hielo. No manifestaba emociones, ni afecto ni lágrimas... Conocía sus propias facultades hasta en sus más nimios extremos... Nada existía inconscientemente en él... Nada sabía de los callos petrificados por los ultrajes de la pobreza, como glóbulos de ámbar endurecido que nacen de la savia manada a través de una corteza herida. Su corteza había sido siempre dura. La espesa y dura corteza del desdén.”

Con la misma atención a su corporeidad habla de su amiga Kinue, a quien describe como la perfecta fealdad y que, sin embargo, “...se sentía constantemente angustiada por su belleza... Su engaño la había inducido a romper el espejo que tanto le atormentaba y a huir a un mundo sin espejos... Tras haber arrojado a la basura el viejo juguete de la conciencia de sí misma había empezado a elaborar un nuevo juguete maravillosamente ingenioso y complejo y lo había adaptado a la perfección a sus necesidades y logrado que funcionara como un corazón artificial. Cuando acabó de construirlo, Kinué logró la felicidad, o como ella hubiera dicho, la perfecta infelicidad.”

Y así transcurre un relato con referencias contínuas al cuerpo, soporte de las emociones que conducen la trama. Especialmente compleja es la vivencia corporal de Honda que, en la primera referencia a él en la novela, tiene setenta y seis años.

“Honda podía sentir que nada en absoluto había sucedido en el intervalo que separaba al Honda de dieciséis años al de setenta y seis. Un instante, el tiempo que necesita un niño para saltar de un cuadro a otro jugando a la rayuela.”

Y creo que es aquí donde se dilucida la parte más interesante del relato en relación con la vivencia corporal, al menos la que a mí me interesa resaltar, porque los que tenemos como profesión la educación física, cuando aprendemos los fundamentos, nos fijamos casi exclusivamente en los proceso de desarrollo corporal infantiles y juveniles y, sin embargo, yo no aprendí nada de como te acompaña ni cómo conducir tu cuerpo en la vejez. Ni siquiera las consecuencias de haber desarrollado o no la educación física en la juventud.

La conciencia del cuerpo de Honda se debate en una mezcla de recuerdos y ensoñaciones, en las que tiene mucho que ver su educación espiritual y también su memoria de la belleza y el erotismo, es decir en su mente, si se quiere en su alma.

“Las escrituras budistas han declarado: Los ángeles masculinos han nacido de las rodillas de los arcángeles masculinos y los ángeles femeninos de los hombros de los arcángeles femeninos y... Se sentía deslumbrado por aquel brillante torbellino... Cabellos azules y faldas y mangas y pañuelos de seda cruda ceñidos por los hombros hasta envolver los brazos , agitados por la brisa. Ante sus ojos persiste por un instante la imagen de un seno inmaculadamente blanco, la pura planta de un pie se esfumó en la distancia. Un bello y blanco brazo, iluminado por un arco iris, cruzó ante sus ojos como si se apoderase de algo. En aquel instante percibió la oquedad de un dedo delicadamente curvado y, flotando dentro de la luna, al cielo se alzaban, extendidos, bellísimos y blancos brazos que exhalaban un aroma celestial. Las suaves líneas de las caderas, dibujadas claramente contra el azul del firmamento , les seguían como mechones de nubes...

Pero es en el cuerpo del anciano Honda, ya octogenario, y en la ceguera sobrevenida de Tôru, donde se escenifica ese aspecto de la educación física al que quiero prestar atención y que tiene una intensidad que ni siquiera los mismos personajes de la novela se esperaban. Es a partir de este momento donde se escenifica la unidad cuerpo y espíritu, tan deseada como desconocida y descuidada.

A los ochenta y un años Honda alcanzaba un reino maravilloso y misterioso que siempre le había estado vedado. Ahora sabía que una visión más amplia del mundo había de proceder más de la depresión física que de la intelegencia, más de un dolor sordo de las entrañas que de la razón... Un único y vago dolor de espalda hacía tambalear un constructo monolítico y ahora se hacía permeable a los sentidos...”

La decadencia de lo físico en Tôru y Honda pone en primer plano al espíritu y son conscientes de ello.

¿Por qué la gentes se tornaban por primera vez conscientes de su cuerpo cuando sobrevenía la vejez?... ¿Por qué el atleta joven y sano en la ducha tras el esfuerzo... no es consciente de la pleamar de la propia vida”

Y en la descripción de su proceso de aceptación, de la conciencia de una nueva belleza, que no es la de los cuerpos, Mishima recurre a las reflexiones sobre carne y espíritu y, al nombrar al cuerpo como “la carne”, coincide con la carta de San Pablo a lo Romanos en la que la carne que excluye al espíritu es el enemigo del alma. Una referencia que, pervertida en su sentido original, fue utilizada recurrentemente por la versión más represiva de la teología moral del cristianismo.

Porque sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien; pues querer el bien está a mi alcance, pero ponerlo por obra no... veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte...? (San Pablo. Romanos 8) 

Y así se llega al final... Podríamos decir que feliz para los personajes de la novela pero tremendo para Mishima, que la misma tarde del mismo día que acabó de escribirla se suicidó.


Yukio Mishima. La corrupción de un ángel. Luis de Caralt 1985. Primera edición en Japon 1983.

Este libro está en mi biblioteca y cada vez que tropezaba con él pensaba si debía volver a leerlo. Lo compré en la decada de los ochenta, cuando supe que Mishima había terminado de escribirlo el mismo día de su suicidio ritual. Tal vez había algo en él que podría aprender. Y con esa misma curiosidad lo releo cuarenta y cinco años después. No es un libro de fácil lectura, porque en cada párrafo te quedas con la sensación de que te estás perdiendo algo, de que algo de la intención del autor se te escapa.

Y un colofón dirigido a mí mismo y a mis colegas. A veces olvidamos que la educación física dura toda la vida y solo atendemos los momentos de la energía y belleza. No reconocemos el cuerpo de los mayores, cómo evoluciona y como se enfrenta al saber que nos permita el equilibrio en todos los momentos de la vida. Tal vez sea el vértigo de la muerte lo que nos asusta, la evidencia de la fragilidad y de lo que el cuerpo oculta.

El libro tiene mucho más contenido. Yo atesoro algunas ideas para mí. Invito a leerlo, pero con tiempo, su escritura no te regala las ideas ni es complaciente con las prisas.

 

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