La profesora de gimnasia que hizo bailar las palabras

27 de noviembre de 2013

No puedo traeros recuerdos de Kety. Los hermanos no podemos poner distancia; somos una sola realidad.
Sé que es así, que siempre ha sido así, porque cuando leo lo que ha escrito mi hermana, me parece que lo he escrito yo. Pero no me refiero a las historias que cuenta, ni al arte con que lo hace, sino a algo más orgánico: como si yo guiara con mis manos su pluma sobre el papel blanco.
Mis manos, que son las suyas: suyo es este dedo pulgar plano del que ella escribió que era de un antepasado escultor, de quien heredó la forma pero no la habilidad. Aunque también pudo tomar esa forma por el trabajo de un antepasado escribiente o un encuadernador, que también necesitan un pulgar contundente. Y este índice torcido, que no sirve para señalar un camino recto, como si no quisiera ser imperativo. Esas manos suyas y nuestras que hace quince días tenía atadas a una línea de vida y que lavábamos juntos. Yo le recordaba que a mí de pequeño me gustaba que mis hermanas lavaran sus manos junto a las mías, con la misma pastilla de jabón. Y yo, un gaznápiro, acababa haciendo el ganso y salpicándolo todo; y ellas ¡misión cumplida! Me habían quitado la roña, que es lo que les había encargado mi madre; la roña que traía de la calle, de arañar la tierra en los descampados para hacer un gua, por ejemplo.
A una línea de vida; pero no os engañéis, esos aparatos que estaban atados a sus manos no le daban nada; al contrario, eran para recoger su legado: las lucecitas las encendía ella con descargas de optimismo y proyectos que están grabados en múltiples archivos: personajes, historias y cuentos que Andrés y Juan, que saben cómo hacerlo, tendrán que contar. Como si juntos lavan las manos.
Como si juntos deslizamos las manos sobre el papel en blanco. Moviéndonos con la energía de sus personajes, como si bailamos. Os diré que Kety era profesora de gimnasia. Como todos los hermanos. Pero no de esa gimnasia de subir cuerdas y dar volteretas -¡que también!-. Más bien de esa otra gimnasia que es zascandilear y no parar, ni con el cuerpo ni con la cabeza. De bailar juntos nuestras ideas, como si nos moviéramos con la energía de los personajes que ella crea. Y todos bailamos como se desliza la mano sobre el papel, como si laváramos juntos las manos, como si nos moviéramos con la energía de sus personajes.
Sus personajes, que bailan lo que está escrito. Le preguntan a Pamela “qué haces” y Kety responde “estoy escribiendo nuestra historia…” y yo creo que es la mía. Y creo que todos juntos la estamos escribiendo, atentos a sus archivos: “Volví a dormirme y a despertarme, dormir y despertar. Cada vez que volvía del sueño me traía conmigo una historia. Me vi de niña, subiendo hacia las nubes en una caja de cristal. Conmigo, compartiendo las estrechuras, mi amigo el niño violinista. En la otra esquina un monstruo peludo, una especie de King Kong con cara de malas pulgas. Entonces mi amigo, interponiéndose entre el miedo y yo, se echó el violín al hombro y tocó un concierto de Bocherini”. Y todos tenemos el encargo de interpretar a Bocherini, bailar el minueto y librarnos de los miedos de los duermevelas.
Que Kety es una mujer buena, en eso estamos todos de acuerdo. Sólo lo he dicho para recalcar que también se enfadaba y reaccionaba con coraje. Como Elías, ese personaje que era de Kety en régimen de gananciales: “De cólico de espinacas no ha muerto ningún Papa, como decía aquel; pero yo no quiero ninguna de esas pamplinas que me traen: ni acelgas, ni tronchos ni judías verdes, ni Cristo que lo fundó. Ya sé que esto se acaba sin remisión, ¡rediós!, lo que me apetece es una buena tajada de lomo. ¡Forrajes a mis años!: Cuando la liebre se ha ido, ¿a qué vienen los palos a la cama? Y yo me muero, no hay que darle más vueltas. ¡Ya sé que tanto se le da que hinque el pico! Porque todos están a lo que están pero ¡van aviaos si se piensan que llamaré al Sr. cura!”. Levantaba la voz contra las imposturas y contra quien iba contra las personas y lo razonable.
Personajes, cuentos que hemos de seguir creando una saga que crece en hermanos (por orden alfabético): Antolín, Aznarez, Berlanga, Crespo, Domínguez, Garrido, Machón, Martín, Municio, Sancho ¡que todos cabemos en Villa Kety! ”Y ahí el comisario Andrés Bermejo carraspea, los ojillos le rebrillan, la cara en una mueca congelada cómo esas fotos donde no sabes si el retratado ríe o llora”.  


Hay incluido textos de los libros de Kety: Qué escribes Pamela y Mujer de Aire y de Andrés: “La Gaznápira” y “Sucesos”. Adivina de dónde es cada cual.




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