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Mostrando entradas con la etiqueta Agustin Garcia Calvo. Mostrar todas las entradas
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viernes, 22 de septiembre de 2017

Las Troyanas y "las guerreras"

La insalvable distancia de las mujeres con la guerra... y el deporte.

Ahora las mujeres sí que hacen deporte y, a los equipos de mujeres triunfadoras, les llaman “las guerreras”  invocando la odiosa asimilación del deporte a la guerra que las hizo esclavas.

Voy a ir al teatro para ver Las Troyanas, de Eurípides. La versión de Alberto Conejero dirigida por Carme Portaceli.

Una coalición de aqueos destruye Troya (siglos XII o XI a.C.). Ha costado años en los que los guerreros han protagonizado batallas, más o menos gratas a los dioses, de las que se ufanan por el honor y la virtud en su desempeño. La razón de la guerra: el rapto de Helena, una mujer bella a la que su marido deja al cuidado de Paris para irse a otra guerra.

Los dioses, Poseidón y Atenea, enfadados por algún desaire, hacen naufragar las naves de los griegos cuando, terminada la guerra, vuelven a casa.  Salvan la de Odiseo (Ulises), pero dificultan su vuelta a casa con mil peripecias.

La guerra de Troya y las aventuras de Ulises, contadas como verdades patrióticas y didácticas, corrieron de boca en boca durante siglos en Grecia y, el bardo Homero, que sabía escribir, los recogió en La Iliada y La Odisea. Se dice, y me parece verosímil, que el origen de las Olimpiadas son las representaciones teatrales de la heroicidad de los griegos en Troya convertida en competición (el agón).



Luego, en el siglo V a.C. Eurípides, tal vez con la intención de desmitificar tanta tontería olímpica y heroica, relata las consecuencias, las catástrofes colaterales de aquella guerra. Las mujeres de Troya, una vez que sus maridos han perdido la guerra, han perdido a sus compañeros y, lo que es más doloroso, a sus hijos. Ellas serán esclavas, enterradas en vida o muertas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Andar no es un deporte. Frédéric Gros. Andar. Una filosofía.

Andar es un deporte, depende de cómo se mire.

Frédéric Gros. Andar. Una filosofía. Taurus. 2015. Primera edición 2014

Creía que relacionar andar y deporte iba a ser más fácil que relacionar deporte y viaje. Pero la primera frase del libro que emprendo dice: 

Andar no es un deporte” 

y después, Frédéric Gros, se aplica en explicar sus razones. Para él el deporte es lo que es para la mayoría: lo que la prensa y la televisión dicen. Y eso no le gusta porque incluye mercantilismo, competitividad excesiva, números para explicar el resultado de un juego. 

Y luego dice algo que llama la atención: “Se da siempre esa distinción entre vencedor y vencido, como en la guerra. Hay, entre la guerra y el deporte  un parentesco del que la guerra extrae su honra y el deporte su deshonra…” ¿Cómo los amantes del deporte, nos podemos resignar a esa comparación odiosa?

Me ha traído a la cabeza una pregunta que alguien lanzaba en Facebook sobre las razones del desapego de la mujer con el deporte y recuerdo nuevamente aquel artículo que dediqué a Agustín García Calvo sobre el fervor que los hombres dedican a la guerra y al deporte y la desazón de la mujeres “Perché perché...La domenica mi lasci sempre sola, per andare a vedere la partita di pallone, perché, perché…(Cantada por Rita Pavone 1963).
  
Toda la aproximación, con comparaciones y utilidades, entre el deporte y la guerra, se convierte en distancia de las mujeres. Y cuando hablo de aproximarse, no solo me refiero a la teoría, también al fervor con que en el deporte se defiende como mercancía, fidelidad patriótica o espacio personal.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Del boxeo, de las mujeres y de los hombres. Joyce Carol Oates


Vuelvo sobre el boxeo. Ya lo tenía previsto desde que supe Joyce Carol Oates había escrito sobre este tema. Que sea una mujer quien escribe sobre boxeo es una rareza.

Revista Aire Libre 1925
En el libro dedica un capítulo a la relación de las mujeres con el boxeo. Casi no me atrevo a poner una frase concreta, porque en tema tan manoseado como la igualdad, cualquier desliz puede servir para rasgarse las vestiduras.

El boxeo es una actividad puramente masculina y habita un mundo puramente masculino. Lo cual no quiere…”    Todas las excepciones y aclaraciones que quieras poner y que deberás buscar en la lectura.  Otras ideas: “Una celebración de la perdida religión de la masculinidad…” “Qué los hombres peleen entre sí para determinar la valía (es decir, la masculinidad)  excluye a las mujeres de forma tan absoluta como la experiencia femenina de dar a luz excluye a los hombres. A propósito…” Frases incendiarias para twitear. O se lee, largo y reflexivo, o es peligroso porque lo entiendes con clichés comerciales (de cualquier tipo de comercio de ideas). 
A mí me recuerda las teorías que ya escribí de Agustín García Calvo sobre mujeres y deporte. Y es que en este libro tal vez subyacen claves de esta relación.

domingo, 17 de julio de 2016

Teoría del deporte: Joyce Carol Oates (1938- ) 1


“¿A ti que te parece papá?”

Estaba absorto en la narración de Parricidio, el cuento de Joyce CarolOates (Mágico, sombrío impenetrable. Alfaguara, 2015) sin poder levantar la cabeza, cuando llegué a un pasaje que narra un suceso deportivo. ¡Cáspita! Pensé, los americanos hablan del deporte como algo muy integrado en sus vidas… Vamos por partes.
Parricidio cuenta cómo Lou-Lou, una mujer brillante, vive pendiente de su padre (un premio Nobel de literatura). A él dedica su vida: Amor y profesión; textualmente: “Esta es la historia de cómo una hija preferida corresponde al cariño de su padre”.
En cuanto al suceso deportivo, la propia Lou-Lou lo resume: “Yo jugaba al hockey sobre hierba y papá estaba delante de la tribuna descubierta: vino un número sorprendente de partidos aquel año; una chica me golpeó en la boca con su palo y me arrancó un diente: este de aquí. Y papa dijo: “¿Qué llevas en la mano, Lou-Lou?; y yo dije: “¿A ti que te parece papá?”, y el dijo, sin perder comba: “A mí me parecen unos cinco mil dólares, Lou-Lou. Pero tú los vales.” En otro momento explica cómo se sintió: “Estaba entusiasmada, llena de exaltación. Era un momento clave de mi vida adolescente: tenía quince años. No siempre había sido tan feliz ni me había sentido tan orgullosa de mí misma pese a mi situación privilegiada en el aprecio de padre. Ahora creía que mis compañeras se preocupaban por mí y que sabían quién era mi padre, quién era Roland Marks”.
Luego, estaba picando unas cebollas y pensando en el significado de la anécdota en el contexto de la narración, cuando escucho en la radio a Michael Robinson, que habla de un parapléjico que dice “debo todo al deporte: mi familia, mi ¿?...” Todo cosas que se derivan de la fama y el dinero. Intento establecer una relación entre el relato radiofónico y la historia de la novela, pero no cuadra. Yo también, en este mismo blog (Teoría del deporte. Agustín García Calvo 1) he contado mis inicios en el deporte y lo importante que fueron los refuerzos que obtuve. Realmente ¿Quién de los que han persistido en la práctica deportiva no ha alimentado su apego con las alabanzas de los demás? Bueno, no es malo que, cuando haces algo bien, te lo digan. Esto vale para cualquier cosa que hagas.
A los adolescentes que hacen deporte, les va muy bien estos refuerzos, y alguno hace la lectura de que lo bien hecho bien parece, y lo aplican al juego que practican sin presión, sin necesidad de prensa ni publicidad. Porque si te predispones a esperar la fama, entonces jugar no vale para nada y si fiamos la importancia en el negocio se pierde el ocio.

Los apegos vitalicios al deporte generan esperpentos porque muchos deportistas se creen que haciendo bien eso (cualquiera que sea la habilidad que exhiban) siempre les van a reír la gracia. Y asistimos perplejos al discurso de, millonarios hasta el insulto, deportistas que dicen que no se sienten queridos por la afición; suena a pitorreo y sonroja.

lunes, 27 de junio de 2016

Toledo. El miradero, niños y niñas jugando

20121120. El miradero, niños y niñas jugando
Hace dos entradas contaba la habilidad para el juego de Atalanta y como, apartada del espacio de los hombres, estaba a punto de usar ese poder sutil que le permite hablar con la serpiente. Así llama Agustín García Calvo al poder que tienen las mujeres de ir más allá de lo que los hombres damos por supuesto y pactar con lo fundamental.
El Miradero. Destruido por la corrupción normal
Tengo una amiga que pasó su infancia jugando en el Miradero, un paseo romántico de Toledo (¡malditos sean los alcaldes que arruinaron su encanto y lo destruyeron!) y corría más que los chicos y, por eso, todavía alguno le mira mal. O porque, pasada la infancia, no consiguió que mi amiga cogiera las manzanas del árbol de las Hespérides que le tiró al paso por ver si le paraba en su carrera. Ya no tiene prisa ni le importa correr más que los hombres. Para competir prefiere hablar con la serpiente.
En la infancia, antes de aprender que poder nos corresponde (quien lo aprenda) jugamos y nos enamoramos sin medir. Mi amigo José Luis Salvador en su libro Besos y abrazos recuerda a su primera novia y los juegos que con ella compartía:
Querida Turi: me gustas. Me gustas cuando juegas a los cromos, cuando te ríes en el patio del cole. Me gustas cuando vamos en bici al río y entre naranjos comes patatas fritas sentada en la orilla y tiras piedras al agua. Eres chica, pero que bien y que lejos tiras las piedras.
Me gustas cuando jugando al diábolo saltas, tanto, que tus faldas se suben. Me gustas cuando bostezas a media tarde, cuando apoyada en la barandilla de la plaza miras cómo jugamos al fútbol. Me gustas cuando te llama tu madre a gritos y le dices que espere, que aún no ha terminado el partido. Me gustas cuando bebes agua en la fuente. Me gustas cuando cuchicheas con las amigas, cuando tarareas camino de la panadería, cuando te rascas las rodillas. Me gustas cuando te asomas a la ventana, cuando saltas sobre los charcos, cuando toses y cuando estás en silencio. Me gustas cuando pareces enfadada. Me gustas Turi y cuando seamos mayores…, y…besarte.
¡Cuando seamos mayores! Nada será igual. A ellas y a nosotros nos habrán enseñado el poder y deberemos ejercerlo o desaprenderlo, pero en esto se te va la vida.
Algo debí intuir sobre un poder desconocido cuando escribí cual era el vértigo de jugar con las niñas.
“Pero había otros vértigos en los juegos del patio. Correr para coger a las niñas y cuando se conseguía alcanzar a una se le conducía a un banco y se le hacía cosquillas entre todos. ¡Puff! A mí me encantaba. Jugábamos en los anocheceres de verano y aún tengo la sensación en mis brazos y en mi ánimo cuando en un quiebro capturé a Piluca por la cintura y a ella le dio risa y yo muy ufano la conduje al banco de las cosquillas, aunque allí acudieron todos como moscas a la miel y ya no recuerdo más. Un día, cuando teníamos a Tere en la tortura de las cosquillas apareció su madre en la ventana de la cocina y con un grito: ¡Tere, Julito, a casa! mandó parar. Por cierto, que yo debía perseguir siempre a Piluca, porque recuerdo que en otra ocasión, después de cogerle le tiré de la cola de caballo y las risas se convirtieron en un reproche, con morros incluido, que me desorientó."


Yo corría más pero ella ya hablaba con la serpiente y sabía cómo hacerme dudar de que lo que yo podía sirviera para algo.

domingo, 26 de junio de 2016

Teoría del deporte. Agustín García Calvo 4



20121108 Mujer. La venganza: conversaciones con la serpiente y fingimiento

Cada vez más lejos de la idea original, pero todavía tras la estela de Agustín García Calvo que me dio pie para interpretar el deporte como un lugar donde perderse, aunque más bien me está resultando como un lugar donde echarse a perder.
A vueltas con los orígenes:
Ya sé que cuando me refiero a los primeros juegos olímpicos estoy hablando del ritual de un mito literario (el de la guerra de Troya y el del Odiseo y los Argonautas), bien aprovechado para abrir una original vía de poder y riqueza para nobles y sacerdotes.
Pero en la plasmación del ritual se volvió a cometer el mismo error que en las guerras que evocaban: no escuchar a las mujeres. Volver la cara, huir de ellas. Y no anduvieron con paños calientes: 
“En el camino a Olimpia, antes de cruzar el Alfeo, viniendo de Escilunte, hay un monte escarpado con elevadas rocas. Se llama Tipeo. Es una ley entre los Eleos despeñar desde éste a las mujeres que se descubra que han ido a los Juegos Olímpicos o incluso que hayan cruzado el Alfeo en los días prohibidos para ellas” (Pausanias, V, 6, 7) (Recogido por Jesús Cepeda en Reflejos de Apolo. Ministerio de Cultura 2005).
Sabedores que no se podía entrar en una guerra abierta y despreciar a las mujeres y a las deidades de su género, pergeñaron un remedo de juegos en Olimpia para las mujeres: los juegos Hereos ¿Sabías algo de ellos? Vamos, la importancia que se da al fútbol femenino actualmente se debía dar a esos juegos de antaño. Reproducían sin consecuencias mediáticas las carreras y los ritos religiosos de los hombres. Limitada su participación a su momento genital y a consideraciones de fertilidad y buena crianza, de paso aprendían a tejer con la disculpa de una ofrenda a la diosa Hera. Supongo que desarrollados en la intimidad, como en un gineceo.
También encontraron un lugar en la excepción y el mito. Por ejemplo, se cuenta la historia de la mujer que vestida de hombre fue descubierta al celebrar la victoria de su marido y su hijo y, magnánimos, ¡no la tiraron desde el monte Tipeo! o Atalanta, la mítica atleta capaz de derrotar a los hombres en todos los terrenos deportivos, aunque ellos sabían cómo dominarla y apelando a su condición sentimental, Hipómenes, aliado con Afrodita, le desafió a correr pero dejó caer las manzanas de oro del árbol de las Hespérides que Atalanta se demoró en recoger, perdiendo así la carrera. La historia no tiene desperdicio, porque creo que se acaban casando, pero si hubiera ganado Atalanta le habría matado. Mucha simbología, no dan puntada sin hilo.

Menos atención se ha prestado a los confusos indicios del templo de Ártemis en Braurón, en el Ática. No se sabe muy bien su sentido, pero me gusta interpretarlo como el lugar en el que las mujeres encontraron un lugar para ejercer su poder en el ejercicio corporal alejado del deporte de los juegos griegos. Isadora Duncan, encontró en los indicios de sus rituales, la inspiración para su danza, su vestuario y su desnudez, sacando de sus casillas a los hombres, y a las mujeres que beben del poder de los hombres, de los principios del siglo XX que debieron pensar que por qué habíamos estado siempre tan lejos. Y así seguimos en esto de los espacios del juego.


Teoría del deporte. Agustín García Calvo 3

20121008 El deporte. Un lugar donde huir
Perché perché...La domenica mi lasci sempre sola, per andare a vedere la partita di pallone, perché, perché…(Cantada por Rita Pavone 1963)
Los hombres huyen de las mujeres (sigo utilizando la idea y las razones de Agustín García Calvo) porque interfieren la lógica de sus prioridades; a ellas disputan el poder.
Para encontrar un espacio propio de poder es necesario alejarse, diferenciarse, marcar un territorio donde ser admirados y el deporte podría ser una buena idea. Pero:
- El dominio sobre el espacio y el tiempo y, tal vez, sobre el vértigo, es agotador y tal vez absurdo, lúdico e inocuo. Además, eso lo podemos aprender juntos y compartirlo hombres y mujeres.
- El dominio que, al practicar deporte, se adquiere sobre los sentimientos, sobre la sensibilidad o el conocimiento, es lo que nos hace iguales. No interesa.
Esas razones para hacer deporte no valen para diferenciarse y alejarse. Había que construir una coartada que excluyera a las mujeres, había que construir un oxímoron de violencia fingida y valores nobles, que las espantara, como les espanta la guerra. Como espantó la de Troya a las mujeres que tienen voz en los escritos de Homero y Eurípides:
Morirán los victoriosos apenas se embarquen, no verán a sus hijos y no serán vestidos por las manos de sus esposas, sino yacerán en país extranjero. Sus mujeres morirán viudas, otras perderán a sus hijos. (Voz de Casandra en Las troyanas. Eurípides)
Tantos los dolores que sufrimos, asolada nuestra patria, desde que los dioses nos fueron adversos. Cadáveres ensangrentados yacen en los templos para servir de pasto a los buitres, y Troya sufre el yugo de la esclavitud. (Voz de Andrómaca en Las troyanas. Eurípides).
Todas, también Helena, intentaron parar la guerra invocando en los hombres su condición de padres, maridos, amantes o a su prudencia. Quisieron que buscaran en la palabra un espacio donde entenderse. No era fácil.
Para no oírlas, los griegos enviaron a Tersites para que comunicara su suerte a las troyanas: la esclavitud, la muerte y la de sus hijos. Y enviaron a Tersites porque era capaz de hablar con las mujeres, de encontrarse en un lugar común:
“Quiero explicaros lo que yo sé, para que así vosotros comprendáis lo que yo comprendí: la guerra es una obsesión de los viejos que envían a los jóvenes a librarla”.
“Entonces me di la vuelta y busqué a Nestor, al viejo y sabio Nestor. Quería mirarlo a los ojos. Y en sus ojos ver morir la guerra, y la arrogancia de quien la desea, y la locura de quienes la libran”.
Pero a Tersites, que es capaz de hablar con las mujeres, lo desprecian por feo y, por ser sensible, le espetan ser el peor de los guerreros y solivianta a los griegos y los aqueos. Odian más a Tersites que a su enemigo en el partido (perdón, en la guerra).
La guerra la viven los guerreros en reuniones en las que exaltan su valor y astucia. Habla Héctor:
“Ahora intercambiemos valiosos presentes, para que todos puedan decir: Se han batido en un duelo cruel, pero se han separado en armonía y en paz… Y en el banquete dejé que todos bebieran y comieran y, luego, cuando los vi cansados, les pedí a los príncipes que me escucharan.” (Homero. Iliada. Alexandro Barico. Anagrama 2005)
Esto les pone: la mezcla de rudeza, sangre y noble hermandad. Así como la belleza de sus armaduras relucientes y sus caballos bellísimos.
¿Qué mejor modelo que la guerra para excluir sensibilidades de paz, crianza y diálogo?
Para perpetuar la separación, guerreros y sacerdotes, cuando ya no hay guerra, fundan un trampantojo olímpico de carreras, y luchas en las que invitan a los dioses y excluyen a las mujeres, para que no les vengan con monsergas, que ya han tenido bastante con sus lamentos por las muertes de sus hijos y sus maridos y haber sido vendidas como esclavas. Tal vez como una huida hacia delante, incapaces de dar la cara por abandonarlas cuando las cosas van mal, en las derrotas. Y lo hacen a lo grande: con todo el dinero del estado y con todo el poder en juego.
Hay que reconocer que consiguieron un buen producto, pero no es la mejor manera de empezar la historia del deporte.
En España Gelu tradujo: “por qué por qué, los domingos por el fútbol me abandonas…” Al final de la canción hablan de su venganza, pero de esto hablaremos otro día.

La adulación que te hace sentir poderoso o te da un hueco entre los “admirados” es la condición para la adhesión al deporte. Infalible con los adolescentes, es habitual que su efecto sirva durante toda la vida: a individuos, a tribus y a pueblos enteros. De eso hablaremos el próximo día.

Teoría del deporte. Agustín García Calvo 2


20121002 El deporte. Un lugar en el poder donde perderse
Si como insinúa Agustín García Calvo (De mujeres y de hombres. Ed. Lucina 1999. Zamora) la historia puede ser la crónica de una huida de los hombres hacia fortalezas de poder, no cabe duda de que en el deporte han conseguido uno de sus fortines más inexpugnables. Aunque más firme es la religión. Y más aún ambos aliados.
En la génesis de lo olímpico, creo haber entendido que en las olimpiadas primeras, anteriores a la época clásica de Grecia, se ofrendaba a los dioses el éxito como lo mejor que podían ofrecerles los hombres: hacer las cosas bien y ser quien mejor las hacía. Hera, Júpiter y tutti quanti disfrutaban del homenaje de los atletas, herederos de las guerras literarias de Homero.
Del proceso de aquel ritual hay quien deduce que la práctica deportiva en la época clásica tenía un carácter religioso. Esto es útil para diferenciarlas de las actuales prácticas que ya no se ocultan tras el sentido y se muestran directamente mercantiles.
Pero como yo creo en la existencia de aquellos dioses tanto como en la de estos (aquellos me caen más simpáticos por eso de traérselas tiesas con los mortales y porque había muchos y discutían), pues no me creo eso del sentido religioso de la exhibición atlética de antes (a no ser que acordemos que, antes y ahora, dios es el dinero). Estoy con los que piensan que aquellos juegos eran un puro corral de poder que se montaron los nobles cuando se les acabó la de Troya.
En competiciones amañadas exhibían ante los mortales las razones de por qué eran merecedores de las tierras y la riqueza saqueada y se coronaban con una mata de olivo o laurel. Luego, vía sacerdotes y chamanes, en los templos, recogían las ofrendas que a los dioses hacía el pueblo en agradecimiento por tener unos jefes tan buenos.
Los poderosos devolvían a cambio dosis de belleza, ideales, y sabiduría. Para ser más queridos.
Un buen lugar para perderse este del deporte.


Pero ¿Por qué perderse? ¿De quién huyen los hombres?

Teoría del deporte. Agustín García Calvo 1

20111105 Poder. El saltador que volaba
Tenía preparado un texto sobre mi relación con el deporte pero murió Agustín García Calvo el 1 de noviembre y quería hablar de él. He decidido mezclar las dos cosas.  
Desde que los chicos entran en la escuela comienza el entrenamiento para asumir su cuota de poder, lo quieran o no. Para mí fue un baldón más que conocimiento.
Tres años estuve en el castillo San Servando, que a la sazón fascista era un Colegio Menor del Frente de Juventudes, que dependía de Falange porque todo lo relacionado con los jóvenes dependía del partido fascista (excepto los de la Iglesia que dependían de la Iglesia fascista). Como no había mucho donde elegir, mis padres prefirieron los fascistas civiles a los fascistas del clero y en eso les alabo el gusto. En aquella época (hablo de principios de la década de 1960) los fascistas del clero y los civiles, de puro machos, separaban a los hombres de las mujeres. Supongo que para no tener competencia.
Como estudiante era curioso, formal, me aburría mortalmente y no me interesaba nada de lo que era obligatorio. Pasaban los meses y los cursos sin que ningún educador o profesor se diera cuenta de que yo valía para algo. Ni yo tampoco. Y fue el profesor Luna quien me descubrió en una prueba para hacer un equipo de atletismo. Ya debía barruntar algo de mi habilidad para el salto, porque me pidió que probara en longitud. Los mayores, excavaron un foso en la tierra arcillosa y trazaron una raya amontonando arena, desde la que había que saltar. Corrí, salté, me sentí volar y me pase el foso. Había nacido una estrella del atletismo, je, je. No midieron ni falta que hacía. Sin protocolos ni alabanzas me seleccionaron para el campeonato escolar, y el primer refuerzo valioso vino de mi hermano que me dijo que sus compañeros de curso le habían dicho que saltaba mucho, y tuvo la delicadeza, rara en un adolescente, de trasmitírmelo sin puyas ni coñas.
El día del campeonato en el campo de Los Palomarejos había mucha presión. El Sr. Luna nos sacó a todos juntos a calentar (gimnasia al fin y al cabo ¡vaya obsesión!) y los alumnos de otros colegios nos abuchearon por chulos. Y luego salté. Yo era delgadito y poquita cosa, los demás saltadores eran uno o dos años mayores que yo y Mariano Martínez Villalba, mi compañero, fornido. Los chicos que miraban, me abuchearon y se burlaron de mí cuando me preparaba, pero cuando estaba en el aire, se hizo el silencio. Ese instante de silencio, ingrávido y ajeno, es la sensación que me ha acompañado siempre al saltar sin la presión de representar a nadie ni tener nada que ganar. Luego, hubo un murmullo de admiración cuando caí al foso. Salté alrededor de 4 metros, no gané, y el profesor Luna me dijo que sin duda había sido el mejor y que tenía un estilo natural muy bueno; ese segundo refuerzo fue definitivo y me hizo poderoso.
Pero el poder que se adquiere en el deporte no vale cuando uno no busca poder sino emoción y vértigo como era mi caso.
Doce, trece años; en el barrio yo seguía jugando igual, y ser buen saltador no se me veía en la cara ni me daba ningún derecho. El valor y el valer había que demostrarlo día a día y, en cualquier momento: un regate de la imaginación de Rafa, la provocación burlona de Miguelín o la mirada de Aurora me hacían perder toda la seguridad que había depositado en mi habilidad deportiva.
Nunca, en toda mi vida, tuve la tentación de perderme allá donde alguna ley me asegurara el poder (ser hombre, ser fuerte o ser maestro). Me importa demasiado el vértigo de escuchar algo de lo que dicen aquellas que, sin saber nada lo saben todo. Aunque sea peligroso para mí y una renuncia definitiva al poder. En esta situación, ser bueno en el deporte solo ha sido una cuestión de vértigo. Nada de lo que presumir.


Todo esto lo me lo ha explicado Agustín García en “Esos ojos de virgen Magdalena” de su libro: De mujeres y de hombres, de la editorial Lucina editado en 1999