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domingo, 26 de junio de 2016

Teoría del deporte. Agustín García Calvo 4



20121108 Mujer. La venganza: conversaciones con la serpiente y fingimiento

Cada vez más lejos de la idea original, pero todavía tras la estela de Agustín García Calvo que me dio pie para interpretar el deporte como un lugar donde perderse, aunque más bien me está resultando como un lugar donde echarse a perder.
A vueltas con los orígenes:
Ya sé que cuando me refiero a los primeros juegos olímpicos estoy hablando del ritual de un mito literario (el de la guerra de Troya y el del Odiseo y los Argonautas), bien aprovechado para abrir una original vía de poder y riqueza para nobles y sacerdotes.
Pero en la plasmación del ritual se volvió a cometer el mismo error que en las guerras que evocaban: no escuchar a las mujeres. Volver la cara, huir de ellas. Y no anduvieron con paños calientes: 
“En el camino a Olimpia, antes de cruzar el Alfeo, viniendo de Escilunte, hay un monte escarpado con elevadas rocas. Se llama Tipeo. Es una ley entre los Eleos despeñar desde éste a las mujeres que se descubra que han ido a los Juegos Olímpicos o incluso que hayan cruzado el Alfeo en los días prohibidos para ellas” (Pausanias, V, 6, 7) (Recogido por Jesús Cepeda en Reflejos de Apolo. Ministerio de Cultura 2005).
Sabedores que no se podía entrar en una guerra abierta y despreciar a las mujeres y a las deidades de su género, pergeñaron un remedo de juegos en Olimpia para las mujeres: los juegos Hereos ¿Sabías algo de ellos? Vamos, la importancia que se da al fútbol femenino actualmente se debía dar a esos juegos de antaño. Reproducían sin consecuencias mediáticas las carreras y los ritos religiosos de los hombres. Limitada su participación a su momento genital y a consideraciones de fertilidad y buena crianza, de paso aprendían a tejer con la disculpa de una ofrenda a la diosa Hera. Supongo que desarrollados en la intimidad, como en un gineceo.
También encontraron un lugar en la excepción y el mito. Por ejemplo, se cuenta la historia de la mujer que vestida de hombre fue descubierta al celebrar la victoria de su marido y su hijo y, magnánimos, ¡no la tiraron desde el monte Tipeo! o Atalanta, la mítica atleta capaz de derrotar a los hombres en todos los terrenos deportivos, aunque ellos sabían cómo dominarla y apelando a su condición sentimental, Hipómenes, aliado con Afrodita, le desafió a correr pero dejó caer las manzanas de oro del árbol de las Hespérides que Atalanta se demoró en recoger, perdiendo así la carrera. La historia no tiene desperdicio, porque creo que se acaban casando, pero si hubiera ganado Atalanta le habría matado. Mucha simbología, no dan puntada sin hilo.

Menos atención se ha prestado a los confusos indicios del templo de Ártemis en Braurón, en el Ática. No se sabe muy bien su sentido, pero me gusta interpretarlo como el lugar en el que las mujeres encontraron un lugar para ejercer su poder en el ejercicio corporal alejado del deporte de los juegos griegos. Isadora Duncan, encontró en los indicios de sus rituales, la inspiración para su danza, su vestuario y su desnudez, sacando de sus casillas a los hombres, y a las mujeres que beben del poder de los hombres, de los principios del siglo XX que debieron pensar que por qué habíamos estado siempre tan lejos. Y así seguimos en esto de los espacios del juego.


Teoría del deporte. Agustín García Calvo 2


20121002 El deporte. Un lugar en el poder donde perderse
Si como insinúa Agustín García Calvo (De mujeres y de hombres. Ed. Lucina 1999. Zamora) la historia puede ser la crónica de una huida de los hombres hacia fortalezas de poder, no cabe duda de que en el deporte han conseguido uno de sus fortines más inexpugnables. Aunque más firme es la religión. Y más aún ambos aliados.
En la génesis de lo olímpico, creo haber entendido que en las olimpiadas primeras, anteriores a la época clásica de Grecia, se ofrendaba a los dioses el éxito como lo mejor que podían ofrecerles los hombres: hacer las cosas bien y ser quien mejor las hacía. Hera, Júpiter y tutti quanti disfrutaban del homenaje de los atletas, herederos de las guerras literarias de Homero.
Del proceso de aquel ritual hay quien deduce que la práctica deportiva en la época clásica tenía un carácter religioso. Esto es útil para diferenciarlas de las actuales prácticas que ya no se ocultan tras el sentido y se muestran directamente mercantiles.
Pero como yo creo en la existencia de aquellos dioses tanto como en la de estos (aquellos me caen más simpáticos por eso de traérselas tiesas con los mortales y porque había muchos y discutían), pues no me creo eso del sentido religioso de la exhibición atlética de antes (a no ser que acordemos que, antes y ahora, dios es el dinero). Estoy con los que piensan que aquellos juegos eran un puro corral de poder que se montaron los nobles cuando se les acabó la de Troya.
En competiciones amañadas exhibían ante los mortales las razones de por qué eran merecedores de las tierras y la riqueza saqueada y se coronaban con una mata de olivo o laurel. Luego, vía sacerdotes y chamanes, en los templos, recogían las ofrendas que a los dioses hacía el pueblo en agradecimiento por tener unos jefes tan buenos.
Los poderosos devolvían a cambio dosis de belleza, ideales, y sabiduría. Para ser más queridos.
Un buen lugar para perderse este del deporte.


Pero ¿Por qué perderse? ¿De quién huyen los hombres?