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martes, 29 de agosto de 2017

El deporte en La Regenta

Devaneos mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba con deleite...


Otro pelo nos luciría si desde aquellos años en que se escribió La Regenta hubiéramos atendido a la denuncia de la bárbara discriminación de la mujer y del abuso de quienes continúan en el poder.

Fui a Oviedo y pensé que La Regenta sería una buena guía para pasear. La leí hace mucho y tenía mejores referencias que recuerdos de la novela de Clarín. No pensé que iba a apasionarme tanto.

Tampoco esperaba encontrar tantas referencia al contenido de este blog: Deportes y Diversiones; y de ellas voy a dar cuenta, haciendo alusión a los ejercicios corporales (cap. 28) que nombra y que nos recuerdan las diversiones y los juegos que, años después, en 1910, servirían a Erik Satie de inspiración para las composiciones multimedia que dan nombre a este blog.

A lo largo de la Regenta se nombran: El columpio, los baños en el mar, los paseos, las regatas, la caza, la pesca, el baile, los paseos, el flirt, el pic-nic, el teatro. No siempre Leopoldo Alas les da el mismo sentido que Satie, pero no falta el sentido erótico y juguetón de su práctica. Por ejemplo, La Gallinita Ciega de Satie (Busque señorita, quien le ama está a dos pasos) no aparece en La Regenta, pero se describe El Cachipote (cap. 28) que provoca el roce, tomarse de la mano sin querer, correr alocadamente levantando las faldas y mostrando los tobillos.

Gimnástica del bello sexo 1827
No debíamos seguir sin poner en contexto esta obra. La Regenta se publica en 1884 y “retrata la vida de una capital de provincia española en el último tercio del siglo XIX” (tomado de la contraportada de la edición que he leído). La sociedad que retrata tiene que ver con la aristocracia y la alta burguesía. Hay pocas incursiones, aunque sabrosas, en el pueblo llano (muy divertida descripción del juego “zurriagame la melunga”, cap. 14, y muy interesante el estudio enlazado) o la incipiente clase media (que irrumpe en el paseo del Espolón desplazando a la aristocracia, cap. 14).

En esta época la gimnasia ya no es una extraña en la sociedad española, pero no tiene nada que ver con la difusión que alcanzaría.

martes, 11 de abril de 2017

David Le Breton. Elogio del caminar. Siruela 2015 -2-

El cuerpo del caminante, las ciudades y las canciones del camino.


No se puede caminar si no se tiene cuerpo, claro. Todo lo que hacemos, lo hacemos cuerpo mediante. Al caminar sudamos, nos cansamos y mejoramos nuestra capacidad para caminar más. Todo eso es muy corporal, muy físico, pero nada de eso es el objetivo de caminar. El objetivo… allá cada uno.

Yo, como todos, cada día visto un cuerpo. Un día lo visto de vago, otros de chapuzas (pintar, arañar la tierra…), de aventurero, de playero, lujurioso, de presumir, de cansado, místico, enamorado… Y para caminar, ¿qué cuerpo utilizo? Yo creo que el mismo con el que bailo o juego. El cuerpo que canta, con el que toco cualquier instrumento musical y con el que escribo o hago garabatos. Un cuerpo que me expresa, me calma y me permite ser yo mismo, es decir, no preguntarme quien soy.

Nada de lo dicho me permite decir, sin que alguien lo discuta, que caminar sea un deporte. Las aburridas y nunca concluyentes taxonomías del deporte dirían que caminar es una actividad individual que presenta incertidumbres con uno mismo y con el medio, como el ciclismo de montaña o la escalada. Sólo que el caminante lo que consigue son certezas sobre  las dimensiones del mundo, acordes a las proporciones del cuerpo.

Nos hemos puesto renacentistas y humanistas. Eso del mundo acorde a las proporciones del cuerpo tiene ecos de las proporciones áureas de Vesalio,  de Rousseau y a la naturaleza como maestro o del mismísimo Kant cuando habla de la realidad extensa y el movimiento como modo de atraparla.
¿Qué querrá decir el anuncio ese de café con leche?

Dice David Le Bretón que “caminar es una forma de conocimiento que recuerda el significado y el precio de las cosas”. Esto, desgraciadamente, le aleja de la idea común de deporte. Qué pena que el deporte no reclame para él esta trascendencia.

jueves, 16 de marzo de 2017

Andar no es un deporte 2. Frédéric Gros. Andar. Una filosofía.

Una sensación en el recuerdo

Frédéric Gros. Andar. Una filosofía. Taurus. 2015. Primera edición 2014


Esta segunda entrada dedicada a Frèdèric Gros es una entrada coral, si es que dos hacen coro. Me acompaña mi hermano que tomó notas de esta lectura y a ellas me ciño para sacar conclusiones sobre lo que es esto de caminar ocioso.
Quienes escriben sobre andar se preocupan de poner nombre a la marcha atendiendo  a su conclusión y finalidad: pasear, vagabundear, viajar. Frèdèric Gros se entretiene en la idea de peregrinar. Mi hermano subraya:

“El peregrino no está en su casa allí donde camina”.

La idea que compartimos es que no te vas para construir un nuevo hogar, sino para no tener nada, vivir con lo elemental; sentirte extranjero, extraño, allí donde estas. Teníamos un poco de fobia al Camino de Santiago donde es previsible la presencia del caminante, que se encuentra como en casa. Gustábamos de caminos, poco transitados, que en otro tiempo fueron caminos de carros y caminantes ajenos a la prisa o a la meta.

De los capítulos que el autor dedica a H.D: Thoreau (Walden) veo que está subrayada la idea de que

  “No hace falta ir muy lejos para andar. El verdadero sentido de la marcha no es ir hacia lo otro, sino estar al margen de de los mundos civilizados, sean los que sean”.

Más allá de la puerta de tu casa, cuando dejas lejos tu ciudad y el retorno no es una solución comienzan a pasarte cosas, sencillas, que ni te esperabas. Hablas diferente, de ocios distintos. Que es lo mismo que le pasa a quien habla contigo y por un momento rompe el hilo del día a día. Te desprendes de lo previsible, de lo que sabes y sientes la libertad de que lo dicho no formará parte de la memoria que compromete, que puede ser revisada. Si es memoria, lo es del contacto humano, historias al margen de la secuencia cotidiana. Mi hermano, callado por higiene, encontraba cargadas de sentido todas las conversaciones tenidas en el camino. Y todo esto me recuerda el libro que me ha regalado Pere “El pelegrinatge insòlit de Harold Fry, de Rachel Joyce, sobre el personaje de la novela que salió de casa para echar una carta al buzón y encontró sentido a sentir las piernas y al sol en la espalda.

Luego subraya que, entre los pensadores griegos, los cínicos fueron los únicos auténticos caminantes. Y hace un doble subrayado a la idea de “Sentirse ciudadano del mundo” y resalta, del cínico, el desapego, que es lo que le permite serlo.

El desapego, mejor si se aprende pronto, resulta imprescindible cuando eres mayor. Vivir fuera de tu casa, en un ejercicio constante de prescindir, es un buen entrenamiento. Hablamos, mi hermano y yo, mucho de ello y me aplico en su práctica. Eso sí, con la certeza anclada de la amistad y el amor, si es posible.

Cuando hablábamos de andar, por qué y cómo, recurríamos al recuerdo para explicar lo que queríamos, que nunca quedaba claro. El callejeo por Toledo, las travesías por Guadarrama, las emboscadas en cualquier sierra; parecían contener esa sensación de diversión y plenitud a la que Joan Fuster hace referencia cuando aborda la acción de flâner y que concluye que este verbo describe una sensación que está en el recuerdo. Ta vez sea ese el sentido de las notas sobre este libro, activar el recuerdo.

Y si no son suficientes nuestras dos voces para considerar coral este escrito, podemos añadir que el libro Andar, una filosofía me lo regaló David, que El pelegrintge insòlit de Harold Fry me lo regalo Pere, Manel me invitó a que indagara en el Diccionari per a ociosos de Joan Fuster el término flâner. Todos ellos, con quienes hayan llegado hasta el final de esta lectura, yo creo que ya hacemos coro.

Por último, Frédéric Gros, a pesar de que reniega de la relación andar-deporte por su abrupta manifestación mercantil y bárbara, dice —y recoge mi hermano— que “lo que domina en la marcha… es la alegría sencilla de poner a prueba el cuerpo en la actividad más arcaicamente natural”. Rousseau, musa del valor educativo del ejercicio de andar y de lo natural como punto de partida del conocimiento, no lo dijo mejor.

El libro dice mucho más y mejor. Lo mejor es leerlo.

Leer más en https://luis-antolin.blogspot.com/2017/03/andar-no-es-un-deporte-frederic-gros.html

lunes, 27 de junio de 2016

Teoría del deporte. Isadora Duncan. Holderlin.


20121217 El cuerpo viviente y flotante. El conocimiento de la belleza y de la santidad
Hace algunas entradas, me referí al templo de Ártemis en Braurón, en el Ática. Y como Isadora Duncan sintió que aquello que quería decir con su danza encontraría razón, como la encontraron poetas, filósofos, músicos, en la areté (excelencia) y la práctica de la paideia (enseñanza humanista) de la antigua Grecia. Ya había tomado contacto con la mejor educación física europea en el Instituto Gimnástico de Estocolmo. “…me parece que la gimnasia sueca está destinada a un cuerpo estático e inmóvil, pero no al cuerpo humano viviente y flotante” Eso dijo allí y supo que no la entendieron.
Su empeño tenía que ver con otras dinámicas: “…he venido a traer un renacimiento de la religión por medio de la danza, para elevar al público el conocimiento de la belleza y de la santidad del cuerpo humano mediante la expresión de sus movimientos” Sus maestros: Rousseau, Walt Whitman y Nietzscheze.
Así que, como el poeta antiguo (murió Hölderlin en 1843 en Tubinga), siguió el vuelo de las grullas y cabalgó sobre delfines en busca de la cultura que antepuso la excelencia a ser el mejor, para encontrar “hombres antiguos, vagando confiando en sus fuerzas, con fe en el mañana” Vírgenes puras de Atenas que esperan transidas de angustia…” “relucen gimnasios abiertos, cunas reciben los dioses y, audaz, una idea sagrada sube en el éter: descuella en el soto bendito el altivo templo Olimpeo que casi ya atisba inmortales regiones”.
Con un entusiasmo sin prejuicios, como solo conozco en las mujeres que danzan, se plantó en Grecia: “¡Por fin henos aquí, al cabo de tantos trabajos, en la sagrada tierra de la Helade! ¡Salud, oh olímpico Zeus! ¡Y Apolo! ¡Y Afrodita! ¡Preparaos, oh musas a bailar de nuevo!". Así de exuberante y desnortado era su intento.
Si se le concedió la inmortalidad a Hölderlin por su ejercicio poético de capturar lo universal de la cultura clásica ¿Por qué no a ella en el ejercicio de la danza?
En el Templo de Ártemis las mujeres se reunieron para la danza y el juego y de sus restos arqueológicos Isadora Duncan pudo entrever una manera de bailar: Si capturo la forma ¿conseguiré el espíritu? Se debió preguntar.
Pero ¡ay! la danza que imaginó no estaba en los chicos y las chicas griegas cargadas de prejuicios. Tal vez nunca estuvo sino en la intimidad femenina del templo.
En busca de la cultura más deseada, Heidegger supo ver en la isla de Delos, “la manifiesta, la que luce, la que congrega todo en su apertura, la que por lucir oculta todo en un presente” la sublime cultura de los seres humanos en contacto con la divinidad. E Isadora Duncan la buscó en las cráteras y los grabados evidentes. En realidad ya había encontrado la respuesta: había creado un modelo de insinuaciones y fingimientos, ocultaciones y evidencias que expresaba al ser humano. Como la isla de Delos, su danza “obsequia con la gracia del favor de lo divino y demanda de los mortales la contención y el respeto”.
No era poder. Se equivocó si pensó que era poder lo que tenía. La danza se traza en el aire, en el instante, y no encontraremos al cuerpo que danza, ni a quien baila, entre el conocimiento ni los sabios con poder.
A mi Isadora Duncan me genera todos los sentimientos y su vida articula mi amistad de antes y el amor que ahora siento.


Friederich Hölderlin. Der Archipielagus. La oficina. 2011; Martin Heidegger. Estancias. Pre-textos 2008; Isadora Duncan. Mi vida. Debate. 1977