Lo que hay que
hacer es leer este libro (
Stefan Zweig 2012. El mundo de ayer. Memorias de un europeo Ed. Acantilado)
que nos recuerda cuales eran los valores de la construcción europea y el
impulso entusiasta de quienes lo vivieron a principios del siglo XX. La primera
guerra mundial sumió a Stefan Zweig en la perplejidad al ver que todavía el
poder político y militar se parecía más al de la edad media que al del siglo de
la ciencia y el humanismo. Luego la segunda guerra mundial le convertiría en un
apátrida en la propia Europa. Tuvo que irse a Brasil, donde se suicidó en 1942.

En sus
memorias, las referencias al deporte y a la educación física son unas líneas,
pero su testimonio es realmente valioso. Fijaos que párrafos más
esperanzadores sobre los valores del deporte antes de 1914: “…las personas se hicieron más bellas y
sanas gracias al deporte, a una mejor alimentación, a la jornada laboral más
corta….Los domingos, miles y miles de personas, con flamantes chaquetas sport,
bajaban a toda velocidad por las laderas nevadas sobre esquís y trineos, por
doquier surgían palacios de deportes y piscinas…La consigna era ser joven y
vigoroso y dejarse de apariencias dignas y venerables. Las mujeres tiraron a la
basura los corsés que les apretaban los pechos, renunciaron a las sombrillas y
los velos, porque ya no temían al aire y al sol, se acortaron las faldas para
poder mover mejor las piernas cuando jugaban al tenis… Por primera vez vi a
muchachas saliendo de excursión con chicos sin institutriz y practicando
deportes en una franca y confiada camaradería…”
Para él, el
deporte es la educación física deseable y la gimnasia de “las escuelas” le parece
detestable: “Aquel siglo no había
descubierto todavía que el cuerpo joven… necesita de aire y de ejercicio
físico…, dos veces por semana nos llevaban al gimnasio, con suelos de tablones
de madera, donde corríamos sin ton ni son de un lado para otro, levantando a
nuestro paso nubarrones de polvo; trotábamos, además, a tientas, pues las
ventanas estaban cerradas a cal y canto. Así se satisfacían las necesidades
higiénicas y así cumplía el Estado su deber que se resume en Mens sana in
corpore sano.”

En esas
condiciones la actitud de los intelectuales hacia el deporte es de prevención y
él reconoce que
no se dio cuenta de lo que aportaba el deporte hasta muy tarde. Cuando escribe sus memorias, en 1941, recuerda:“Tampoco sería fácil hacer entender a un joven de hoy hasta qué punto
ignorábamos, y hasta despreciábamos todo lo relacionado con el deporte…, el
deporte aún era considerado como una actividad de brutos de cuya práctica un
bachiller más bien se debía avergonzar… A los trece años, dejé el patinaje
sobre hielo y usé en la compra de libros el dinero que me daban mis padres para
las clases de baile; a los dieciocho aún no sabía nadar ni bailar ni jugar al
tenis; incluso hoy no sé montar en bicicleta…”.
Aunque no puede
evitar una cierta burla cuando comenta la creciente comercialización: “en el siglo pasado, aún no había llegado a
nuestro continente la ola deportiva. Aún no había estadios donde cien mil
personas bramasen de entusiasmo cuando un boxeador descargaba un puñetazo en la
mandíbula del otro; los periódicos todavía no enviaban a sus reporteros para
que con fervor homérico, llenasen columnas y más columnas informando de un
partido de hockey”. En cuanto a la competición deportiva adopta la
distancia del “Sha de Persia, quien,
cuando lo querían animar a que asistiese a un derbi, manifestó con sabiduría
oriental: “¿Para qué? Ya sé que un caballo puede correr más que otro. Me es del
todo indiferente cuál.”
Lo cierto es
que el hubiera querido otra escuela y otra educación física: “He necesitado años y años para reencontrar
el equilibrio que perdí a causa de esa hipertensión y esa avidez infantiles y
para compensar en parte el inevitable abandono físico del cuerpo…”